La Velá de Santiago y Señá Santa Ana ya no es lo que era. No hace falta que miremos fotografías antiguas quienes la hemos visto desde que tenemos uso de razón. Es otra fiesta más vendida al turismo, con precios desorbitados por cuatro rejos. La cita señalada en el calendario es un ejemplo más de la ciudad que se ofrece al guiri.
Antaño, cuatro eran las fiestas celebradas en julio: Santa Marina, Justa y Rufina, María Magdalena y Santa Ana. Sus respectivas collaciones eran un hervidero de fervor y fiesta durante tales días. En cuanto a las santas alfareras, su desaparecido convento celebraba con júbilo el día de su festividad. Eran ejemplo de esa sevillanía que ahora los rancios defienden y que ni siquiera olieron porque desapareció antes de que vieran por primera vez la luz del día.
La ciudad ha conservado la fiesta en honor de la patrona de Triana, mientras que ha visto cómo otras languidecían e incluso acababan desapareciendo. Pero la Velá —no confundir con ese circo montado por Ibai Llanos— ha dejado de pertenecerle a su barrio, como tantas otras fiestas y celebraciones.
No es extraño que sea así. La misma Sevilla es un producto hecho para ser engullida por el visitante. Ahí está la calle San Jacinto, una prolongación más del centro. La sociedad cambia y, por ende, el lugar que habita. Los comercios tradicionales han dicho adiós. Adentrarse en Triana es ver en una de sus vías principales un conglomerado de zapaterías y bares. Lo segundo que nunca falte. Lo de tener industria lo dejamos para otro momento.
Dicho sea de paso, industria de la de verdad, no la turística que ha convertido Sevilla en un invento estrafalario, donde al sevillano de a pie lo ningunean y los restaurantes adaptan su horario a los norteños europeos.
La Triana de la diáspora, aquella que expulsaron a golpe de talonario, pico y pala se extraña sobre todo en días como los que hemos vivido. La que se marchó para no volver y que parchearon los medios de comunicación de entonces para que no se llegara a informar del auténtico éxodo que sufrieron familias enteras late más que nunca cuando las primeras casetas llegan a la calle Betis.
La abuela santa recuerda todos los nombres de quienes se acercaban a sus plantas a finales de julio. En estos días grandes, aquella Triana resuena. Aunque la Velá se haya convertido en un espejo fantasmagórico de lo que fue, Santa Ana, como guardiana del viejo arrabal, no olvida aquellas tardes de verano, al igual que lo hacen quienes fueron expulsados de su tierra.





