La frontera entre la información y el entretenimiento se ha convertido en una línea tan difusa que, en demasiadas ocasiones, resulta prácticamente imposible distinguir dónde termina el periodismo y dónde comienza el espectáculo. La responsabilidad de los medios de comunicación en esta degradación no es secundaria ni puede diluirse entre excusas corporativas, cambios de hábitos de consumo o la consabida apelación a que «el público demanda». Los medios no se limitan a reflejar la realidad: también la construyen, la jerarquizan y, en no pocas ocasiones, la deforman, de modo que cada vez que presentan una especulación como una noticia, una sospecha como una certeza o una opinión interesada como una información objetiva están contribuyendo activamente a la descomposición del espacio público. El problema se agrava cuando determinados formatos renuncian deliberadamente a establecer una separación nítida entre el dato contrastado, la interpretación subjetiva y el espectáculo. El talk show clásico podía constituir un espacio de conversación, entrevistas, opinión y debate, precisamente porque el espectador sabía que se encontraba ante un género esencialmente interpretativo. La perversión aparece cuando esos programas comienzan a incorporar presuntas informaciones, supuestas exclusivas y revelaciones de dudosa consistencia, envolviendo el rumor en una escenografía de actualidad y otorgándole una apariencia de legitimidad que no merece. Entonces ya no estamos ante periodismo, pero tampoco ante un entretenimiento inocente: estamos ante una mercancía híbrida que utiliza la credibilidad de la información para alimentar el consumo del espectáculo.
El ejemplo de El Chiringuito, presentado por Josep Pedrerol, resulta paradigmático de esta deriva, aunque ni mucho menos sea el único ni el primero —mucho antes estuvieron Pepe Navarro y Javier Sardá—. Su naturaleza fundamental es el entretenimiento, la tertulia apasionada, el conflicto, la teatralización de las posiciones y la construcción de un relato diseñado para mantener al espectador enganchado al siguiente enfrentamiento. Nada de ello sería necesariamente censurable si se presentara como lo que es. El problema surge cuando, sobre esa base de espectáculo, se incorporan presuntas píldoras informativas, supuestas exclusivas y rumores revestidos de una solemnidad periodística que con frecuencia no resisten el paso del tiempo. El cotilleo de barra de bar, cuando se coloca delante de una cámara y se acompaña de una escenografía televisiva, no se convierte automáticamente en periodismo. Las informaciones que se desvanecen a la misma velocidad con la que fueron proclamadas, las exclusivas que rara vez se materializan en certezas y las especulaciones que son sustituidas por nuevas especulaciones terminan generando una dinámica perversa: lo importante ya no es que algo sea verdad, sino que resulte suficientemente atractivo para ser emitido, comentado, compartido y consumido. El ruido sustituye al dato; la teatralización reemplaza al contraste; la vehemencia pretende ocupar el lugar de la solvencia. Y lo verdaderamente preocupante es que este modelo ha sido asumido por una parte de la sociedad como si la intensidad con la que alguien defiende una afirmación pudiera convertirse en prueba de su veracidad. La estridencia no es rigor, la seguridad impostada no es certeza y el espectáculo no es información.
Lo verdaderamente desolador es que esta fórmula ha terminado desembarcando en el universo cofrade, donde proliferan subproductos que pretenden confundirse con espacios de información mientras mezclan opinión, rumor, entretenimiento y presuntas noticias en una amalgama de difícil digestión intelectual. Y aquí la responsabilidad no corresponde únicamente a quienes se colocan delante de un micrófono o una cámara. También son responsables las empresas de comunicación que les proporcionan una plataforma, los medios que convierten la toxicidad en producto y las audiencias que consumen y alimentan esta deriva, aunque resulte más cómodo culpar exclusivamente a quienes protagonizan el espectáculo. Una parte de la masa que sostiene estos formatos parece haber renunciado a la más elemental capacidad de discernimiento: no distingue entre una noticia y una opinión, entre una investigación y una insinuación, entre un análisis y una campaña, entre una crítica legítima y una operación de demolición. Y en ese ecosistema de confusión, el espectáculo se convierte en un instrumento extraordinariamente rentable para endiosar a los amigos, proteger a los aliados y destruir a los enemigos. No se trata de un fenómeno completamente nuevo. Determinados espacios radiofónicos llevan muchos años practicando ese miserable ejercicio de repartir elogios y ataques en función de la proximidad o la distancia respecto de la piara que embadurna de aceite a sus conductores. Pero la irrupción de nuevos formatos televisivos, auténtica telebasura revestida de actualidad cofrade, ha multiplicado la capacidad de propagación del daño. Se llega a defender lo indefendible cuando el beneficiario pertenece al grupo de poder e influencia; se silencian sus contradicciones; se blanquean sus fracasos; se convierte en virtud lo que en cualquier otro contexto sería objeto de crítica. Y, al mismo tiempo, se activa el ventilador contra quienes no forman parte de esa red de complicidades, como si la destrucción de la reputación ajena fuese una forma legítima de construir audiencia.
Pero conviene no equivocarse de destinatario. Los individuos que participan en esta degradación pueden ser prescindibles, corrosivos y tóxicos, pero la responsabilidad última de que ocupen ese espacio corresponde a quienes se lo conceden. Son las empresas de comunicación las que deciden qué voces amplifican, qué comportamientos legitiman y qué modelo de información ofrecen a sus espectadores. Son ellas las que, por interés económico, comodidad o simple irresponsabilidad, pueden terminar convirtiéndose en cómplices del daño incalculable que se está infligiendo a la Semana Santa. Y también existe una responsabilidad ineludible en quienes consumen estos productos, los difunden, los jalean y contribuyen a convertir la basura en tendencia. Cada reproducción, cada interacción y cada audiencia ayudan a consolidar el modelo que después muchos lamentan. La consecuencia es una deriva de autodestrucción que se extiende como una repugnante mancha de cieno sobre el universo cofrade, contaminando la convivencia, deteriorando la reputación de personas y colectivos y convirtiendo un ámbito que debería estar presidido por la fraternidad, la cultura y la fe en un estercolero de rumores, intereses y campañas de demolición. Algún día, cuando quienes hoy manejan el ventilador se cansen de esparcir la mierda sobre hermandades, bandas, artistas y seres humanos, quizá algunos pretendan presentarse como inocentes espectadores de la destrucción. No lo serán. En la conciencia de todos ellos quedará haber sido copartícipes de la demolición de una parte esencial del universo cofrade. Y cuando el espectáculo se apague, cuando los focos se extingan y cuando las audiencias busquen un nuevo entretenimiento al que devorar, quedará la devastación provocada por quienes confundieron el periodismo con el show, la crítica con la vendetta y la comunicación con la miserable explotación del conflicto.





