El viejo costal | Mi hermandad necesita una buena sala capitular

La sala capitular es el lugar donde se celebra el capítulo, donde se reúne una comunidad monástica o un cabildo catedralicio. Es el espacio desde el que se gobierna una casa religiosa, donde cada día se lee la Regla, se corrigen las malas costumbres y se toman las decisiones que de verdad importan.

Sí, en la sala capitular se lee diariamente un capítulo de la Regla y se comenta su aplicación práctica. En las catedrales, los canónigos se reúnen en ella para tratar los asuntos administrativos, litúrgicos y económicos. Es también el lugar donde los monjes reconocen sus faltas y reciben las penitencias correspondientes; en las comunidades más estrictas, era incluso el único espacio donde podía romperse el silencio impuesto en el resto del convento.

En esa sala el abad distribuye las tareas, se anuncia los acontecimientos de la comunidad y se marca el rumbo del día. Allí se admite a los nuevos novicios, se impone el hábito, se profesa la fe y se celebran los actos solemnes de la vida interna. Pero, sobre todo, es el lugar donde se ventilan las cuestiones de convivencia, de disciplina y de vida en común.

En resumen, la sala capitular es el corazón de la comunidad. Allí impera la regla que sostiene a la institución; allí se confiesan los errores y se procura repararlos, de allí sale el camino que habrá de seguir la casa. Es el lugar donde la vida interior encuentra orden. Bien podría decirse que es el corazón del claustro, donde la voz de cada uno guarda el eco de siglos de otras voces que nunca temieron decir verdad, guiadas por un pensamiento limpio y un mismo propósito.

Todos reunidos para enderezar la vida, sentados en sencillos bancos de madera que obligan al cuerpo a mantenerse erguido y al alma a no torcerse, donde solo laten la obediencia, el sentido común y la voluntad de seguir siendo comunidad.

Yo conocí de niño una sala capitular de extraordinaria importancia: la cocina de mi abuela, era sobria, sin lujos, y en ella se hablaba de todo sin necesidad de levantar la voz; de lo bueno y de lo malo, de las alegrías y de las penas. Allí los mayores corregían cualquier desviación, por pequeña que fuese, de aquello que entendían como el camino recto. Entre el aroma de las especias envueltas en papel de estraza, el fregadero de granito de dos senos semiesféricos, el tapón de bronce, el grifo gastado, el estropajo de estopa y el jabón de sosa, mis abuelos impartían, sin saberlo, las mejores lecciones de la vida.

La mesa baja, arrimada a la pared lateral, y las dos sillas de anea que la acompañaban eran el mejor confesionario que he conocido. Allí contábamos nuestras culpas y nuestros pequeños delitos; allí llegaban los castigos, pero también los premios. De aquel rincón nacía toda la autoridad de la casa, una autoridad que no necesitaba imponerse porque se sostenía sobre el ejemplo. Y es que entre cazos, sartenes y ollas también merodea Dios y, muchas veces, hace allí sus mejores obras.

Muchas veces, sentado en el bar de mi hermandad, he pensado cuánto bien nos haría tener una verdadera sala capitular, aunque fuese tan humilde como la cocina de mi abuela. Un lugar donde desaparecieran las vanidades y los cargos, donde no hubiera sitio para las falsedades ni las medias verdades; donde, con esa franqueza que a veces duele, cada uno pudiera reconocer sus culpas, sus carencias y sus errores; donde se recibiera el rumbo que ha de seguir la hermandad. No una vez al mes, como ocurre en tantas juntas de gobierno, sino cada tarde, después de vísperas, porque las comunidades no se sostienen solo con estatutos, sino con el trato diario entre quienes las forman.

Levanto la copa y dejo que los vapores del alcohol me nublen un poco la memoria. Entonces vuelvo a pasear, despacio, por la cocina de mi abuela. Camino otra vez junto a su delantal, al borde de su falda, siempre cerca de aquellas manos que tanto cariño supieron darme. Y comprendo que aquella también era una sala capitular, quizá la más importante que he conocido, y que ahora me falta tanto como me faltan ellos.

Las hermandades necesitan salas capitulares. Pero también necesitan de las familias, los amigos y de cada uno de nosotros. Porque todos deberíamos tener un lugar donde poder decir la verdad, escucharla sin miedo y salir de allí un poco mejores de lo que entramos.