A paso mudá | El problema no solo es la Madrugá

Vuelven los rumores. Cambios de horarios, ajustes de orden, permutas entre hermandades… Y, una vez más, todas las miradas se dirigen a la Madrugá. Como si el problema de la Semana Santa de Sevilla se concentrara en una sola noche. Pero quizá el error esté ahí.

Basta con pisar la calle cualquier día de gran afluencia —un Miércoles Santo potente, un Jueves cargado, incluso jornadas que antes eran “tranquilas”— para comprobar que la situación se repite: calles colapsadas, aforos cerrados, itinerarios imposibles y una ciudad que, por momentos, va al límite.

La Madrugá es el símbolo, sí. El día más complejo, más delicado y más mediático. Pero no es el único que presenta problemas. Sevilla ha cambiado, el turismo ha cambiado y la forma de vivir la Semana Santa también. Sin embargo, seguimos intentando gestionar todo con un modelo pensado para otra época.

Hoy hay zonas permanentemente saturadas, recorridos oficiales que ya no absorben como antes y barrios convertidos en embudos. Y eso no ocurre solo una noche.

No se trata de alarmar ni de señalar culpables. Se trata de asumir que el debate debe ser más amplio. Que no basta con mover una cofradía quince minutos arriba o abajo. Que el problema es global y exige planificación, estudio y valentía.

Quizá ha llegado el momento de dejar de pensar solo en la Madrugá y empezar a repensar la Semana Santa en su conjunto. En cómo se distribuye, cómo se vive y cómo se protege.

Porque cuando todo se concentra, todo se resiente.

Y la pregunta ya no es solo qué hacer con una noche concreta, sino qué modelo de Semana Santa queremos para la Sevilla de hoy.