El viejo costal | Tráigame la penitencia hecha de casa

Asisto, no sin cierta perplejidad, a la insistente lucha de muchas hermandades que, por muy diversas causas, desean cambiar su horario o incluso el día de su estación de penitencia. En la mayoría de los casos, estos cambios se justifican apelando al bienestar de sus penitentes, una preocupación que, sin duda, es legítima, comprensible y digna de respeto.

Sin embargo, me resulta difícil comprender hasta qué punto es necesario facilitar tanto las condiciones a quienes, por la propia naturaleza de lo que realizan, han de asumir la estación de penitencia como un acto de sacrificio, recogimiento y entrega. La penitencia, en su esencia más profunda, no nace de la comodidad, sino precisamente de la aceptación consciente del esfuerzo, de la incomodidad y, en cierto modo, de la renuncia personal.

No se trata, por supuesto, de ignorar las necesidades reales de los hermanos ni de desatender circunstancias excepcionales, sino de reflexionar sobre el equilibrio entre el cuidado de las personas y el sentido auténtico de aquello que se realiza. Cuando la búsqueda de la comodidad se convierte en el argumento principal, existe el riesgo de desdibujar el verdadero significado de la estación penitencial, que no es otro que el testimonio público de fe a través del sacrificio personal, libremente asumido.

En definitiva, la cuestión no radica únicamente en cambiar un horario o un día, sino en preguntarse si, al hacerlo, se preserva o se diluye el sentido profundo de la penitencia, que da razón de ser a la propia estación penitencial.

La penitencia es la expresión sincera del arrepentimiento, el reconocimiento íntimo de las propias faltas y el firme propósito de mejorar espiritualmente. No es, ni debe entenderse, como un castigo impuesto desde fuera, sino como un sacrificio aceptado libremente, nacido de la voluntad personal y sostenida siempre bajo el signo de la humildad. En esa aceptación consciente del esfuerzo reside su auténtico valor. Es, además, una imitación simbólica del sufrimiento de Cristo, no únicamente en su dimensión física, sino en lo que representa de entrega, obediencia y amor llevados hasta sus últimas consecuencias.

El nazareno, por tanto, no hace penitencia por tradición estética ni por costumbre social, ni mucho menos por formar parte de un espectáculo o de una escenografía heredada. La realiza como acto consciente de fe, de sacrificio y de oración; como un diálogo silencioso entre su conciencia y Dios. Cada paso, cada espera, cada incomodidad asumida forman parte de ese ofrecimiento personal, donde el esfuerzo no es un inconveniente, sino precisamente un elemento esencial de su significado más profundo.

Sin embargo, y de forma paradójica, en no pocas ocasiones parece que la preocupación de las hermandades se desplaza hacia cuestiones que, sin dejar de tener su lógica organizativa, resultan difícilmente conciliables con la esencia misma de la penitencia. Preocupan las entradas excesivamente tardías, la escasez de público en determinados momentos, la falta de espectadores en algunos tramos del recorrido o la duración prolongada de la estación penitencial, como si el valor de la misma pudiera medirse en términos de comodidad, visibilidad o acompañamiento.

Se configura así una extensa relación de causas y efectos considerados “perniciosos” o nocivos, no solo para los participantes, sino también para quienes contemplan el tránsito. Y es entonces cuando surge una inevitable reflexión: si la penitencia encuentra su sentido precisamente en el sacrificio libremente asumido, cabría preguntarse hasta qué punto debe supeditarse su naturaleza a criterios que parecen responder más a la lógica de la conveniencia que a la de la propia penitencia. Porque quizá el riesgo no esté en llegar más tarde ni en recorrer calles más vacías, sino en olvidar que, desde su origen, la penitencia nunca necesitó del aplauso, ni de la multitud, ni de la comodidad para tener pleno sentido.

Pero, si se continúa avanzando en esta dirección, quizá lo único que falte sea que la propia hermandad solicite al hermano que traiga la penitencia hecha desde casa, para evitarle cualquier contratiempo, esfuerzo o incomodidad. Y, llegado ese punto, cabría preguntarse si lo que permanece es la penitencia o únicamente su apariencia.