El capirote | El templo que se abrió a las hermandades… por dinero

La ciudad no para de anunciar a bombo y platillo la construcción de los nuevos barrios que vendrán a ofrecer más bloques de pisos a la ya desnaturalizada Sevilla. Tras haber perdido el cuarto puesto en población, superada por Zaragoza, ahora se afana en ganar habitantes y ofrece para ello nuevas zonas residenciales… a precios desorbitados. Nuevos barrios que nos serán tan ajenos como los guiris con traje de flamenca en Semana Santa o el centro, cada vez más convertido en parque temático.

Nuevas caras para viejos espacios. Porque aquí nos conocemos casi todos. O si no, ya lo hacemos nosotros sacando nuestra lengua a pasear. Porque lo viperino sí es reconocible en cualquier rincón de la ciudad. Me encontraba el viernes en una famosa cafetería del centro, de las que consideramos «de toda la vida», aunque llevara instalada allí no más de tres décadas, cuando accede un grupo de conocidos periodistas dispuestos a desayunar en una nueva mañana.

«Siguen sin querer a las hermandades. Lo hacen por dinero», escuché decir. Fue el lema de la conversación durante el tiempo que duró una más que distendida charla. Porque hay desayunos que, como saben, duran menos que un caramelo en la puerta de un colegio y otros que se alargan hasta casi la hora de la cerveza. Los argumentos habrían sido validados por los redactores del Times. Pero hasta llegar a ello hubo que escuchar cómo fueron saliendo una a una las hermandades de aquel enorme templo.

El primer paso de su aperturismo lo vivimos hace unos años. Había pasado de ser un espacio casi espectral, con una capilla encendida mientras en el resto de las paredes solo se adivinaban sombras. Apenas entraba nadie y con un horario limitado. Las personas que asistían a misa diaria no pasaban de la docena. Mantener una capilla resulta fácil si se compara con el majestuoso templo que había ido apagándose poco a poco. Los años pasan y las huchas van quedando vacías. Fue entonces cuando a uno de los miembros se le encendió la bombilla, llegándose a preguntar qué pasaría si aquella inmensa nave que había incluso negado la entrada a las cofradías en días de lluvia ahora las achuchaba con los brazos abiertos.

«En la última misa con los titulares llegaron a ganar más que en todo el mes en la colecta», afirmaba uno de los periodistas. Tenía canas, los ojos hundidos, dos inmensas ojeras y una boca pequeña. Alto y delgado, hacía este comentario mientras dirigía su mano derecha hacia la taza de café. «Pero aquí todas salen ganando», manifestaba el segundo, mientras que el tercero apenas podía pronunciar palabra debido a la desmesurada ingesta de tostada. En efecto, aquí ganaban todos. Porque las hermandades han encontrado allí un espacio donde celebrar los cultos junto a un numeroso grupo de hermanos, además de sacar a sus titulares, algo que se ha convertido en santo y seña de la Sevilla de los últimos tiempos. Un frenesí de salidas, aunque sea dos calles más abajo, siempre es bienvenido para esta sociedad ávida de deglutir momentos como aquel periodista se zampaba su desayuno.

Quién iba a pensar que la conversación iba a estar cargada de maldad, si al final acaban beneficiándose ambas partes. Uno toma el anuario y se queda con una versión de los cultos y actos pasados. Por eso hay que salir. Nunca se sabe cuándo un grupo de cofradieros periodistas puede alumbrar el desconocimiento, como el dinero lo hace ahora con aquella centenaria parroquia.