A contracorriente | Pakistán

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Me suelo juntar con gente especial (en el mejor de los sentidos), seguramente porque no soy nada normal. Pueden catalogarme de anormal o de rarito, pues ninguno de los dos me estorban.

Y con este amigo, con el que he mantenido discusiones épicas a lo largo de los años, también he compartido (o él conmigo) disertaciones épicas sobre una palabra en una frase, la utilización de tal o cual verbo, por no hablar del auténtico drama del calificativo.

Por ello, les puedo asegurar que en cada cosa que escribo (ya sea crónica o columna), prácticamente, ninguna palabra está puesta al azar. Tampoco los arranques (ya sean del artículo o del párrafo), ni el abuso de los paréntesis (que sé que no le gusta a mi contertulio del taller de las palabras y ya lo habrá notado desde el comienzo), ni los finales -abiertos o amarrados- los dejo al azar.

Pero más allá de la estética que me pueda gustar, lo que jamás utilizo a la ligera es un tema, sea cual sea. Puedo cambiar de opinión (esto ahora es cotidiano en otras esferas), pero el asunto me preocupa y el uso que se le da al de Pakistán desde algunos sectores, me llega hasta turbar.

Como le dije hace un rato a mi amigo, defiendo que cada uno compre dónde y lo qué le dé la gana. Otra cosa es que desde Asia se fusile. Si bien, los nuevos o autoerigidos apóstoles de la artesanía sacra olvidan que por Asia ya pasaron conocidas marcas deportivas y tecnológicas.

A ello hay que sumar el tufillo que emana el sesgo político que se sugiere en algunas fotografías en defensa de lo de aquí y ese aroma (de imitación, por supuesto) a subvención que flota, invisible, pero que nunca acaba de irse.

Eso último es muy de esta tierra y se lo deberían presentar a la Unesco para que lo declare Patrimonio Inmaterial de la Humanidad y así, entre presunta subvención y supuesta subvención, lo mismo cae una hipotética tercera.