La Semana Santa, como muestra máxima de las cofradías, forma su poliedro a base de aristas minúsculas, inapreciables muchas veces a simple vista, pero donde toda y cada una sostienen la figura geométrica que, a la postre, muestra sus lados que nunca son el todo.
Repleta de ángulos convertidos en chicotás, marchas, pensamientos de nazarenos, sudor de costaleros, tribulaciones del músico mientras toca, sentimientos encontrados del espectador, etcétera; algunas veces, alguno brilla tímidamente en una calle que, a priori, nadie consideraría significativa.
Allí tiene lugar una levantá y toma la palabra el costalero. Al hilo de ella, el capataz la asume y decide hablar de la fugacidad del tiempo, que sirve para apurar cada instante como si se tratara del último sorbo o, quién sabe, si las últimas chicotás.
Y esa posibilidad parece que existe, que el capataz -pese a su amor por la cofradía y a su sobresaliente labor- no siga. Pues en ocasiones, con el trabajo bien hecho no sirve y, para quienes mandan o pretenden hacerlo, lo importante no es el trabajo realizado por mejor e impecable que sea. Es, sencillamente, echar y colocar.
A eso están reduciendo a las cofradías. La cultura del esfuerzo se premia con el castigo por -supuestamente- no ser de mi cuerda. Torpeza y estulticia es lo que se premia. Pues, adelante.





