La obra de Claudia Martín Vargas ofrece una síntesis visual entre tradición, identidad y el traslado septenal de la imagen
La Hermandad del Rocío de Villarrasa ha dado a conocer el cartel oficial anunciador de la Romería de Pentecostés 2026, una creación firmada por Claudia Martín Vargas, quien además desempeña el cargo de vicesecretaria en la propia corporación. La pieza se presenta como una formulación artística de gran intensidad expresiva, concebida para trasladar al espectador al corazón mismo de la vivencia rociera.
La composición se articula como una escena dinámica y envolvente que recrea el traslado de la Virgen en su venida a Almonte, acontecimiento que tendrá lugar el próximo mes de agosto y que se produce con carácter septenal. En el centro, la Virgen del Rocío se alza con carácter majestuoso, revestida con una capa que adquiere una dimensión casi lumínica, mientras los elementos que la acompañan —las flores, el sombrero y la imagen del Niño sostenido en su brazo— configuran una atmósfera de cercanía, ternura y hondura devocional, evocando ese carácter atemporal propio de las imágenes profundamente arraigadas en la memoria colectiva.

El santuario y el pueblo como ejes de la narrativa visual
Tras la figura central, la blancura del santuario se eleva con una presencia dominante, actuando como referencia espiritual y eje de la composición. A su alrededor, la multitud congregada introduce la dimensión comunitaria, subrayando que tanto la romería como la venida constituyen esencialmente un pueblo en movimiento, una experiencia compartida que trasciende lo individual.
En uno de los flancos de la escena, la carreta engalanada junto a los bueyes irrumpe con un marcado sentido narrativo, como si emergiera del propio soporte pictórico. Este elemento aporta al conjunto la sensación de tránsito, incorporando referencias al camino, al polvo de la vereda, al canto colectivo y a la espera, todos ellos componentes inseparables de la tradición rociera.
Un equilibrio entre solemnidad y vitalidad contemporánea
La obra destaca por alcanzar una compleja armonía entre distintos registros expresivos, aunando solemnidad y dinamismo, herencia y contemporaneidad. Cada uno de los elementos —los motivos florales, los bordados, la arquitectura y la presencia humana— se integra en una disposición cuidadosamente elaborada, dando lugar a una imagen que funciona como un retablo de identidad rociera, donde lo estético y lo emocional se entrelazan.
Una imagen que inaugura el camino espiritual hacia la romería
Más allá de su función anunciadora, el cartel se erige como un dispositivo simbólico de convocatoria, concebido para activar la preparación interior de los fieles. La imagen actúa como una llamada que anticipa el inicio del camino, invitando a percibir que la romería comienza antes de su materialización física y se entrelaza con hitos tan significativos como la venida de la Virgen a Almonte.
En este sentido, la obra se configura como una experiencia en sí misma, en la que la contemplación se transforma en participación, proponiendo al espectador no solo observar, sino adentrarse plenamente en la escena representada. Se trata, en definitiva, de un cartel que trasciende su naturaleza informativa para convertirse en expresión viva de la devoción y del sentimiento colectivo que define tanto la Romería de Pentecostés como uno de sus acontecimientos más esperados.





