Una nueva creación titulada “Triunfo y Victoria” ve la luz en clave artística y devocional
El pintor Juan Zamora ha presentado su última creación artística, una obra vinculada a la XLI Peregrinación de Hermandades y Cofradías de la Vera Cruz, que lleva por título “Triunfo y Victoria”. La pieza, firmada por Juan Francisco Martínez Zamora, se suma al corpus reciente del autor con una propuesta de notable densidad simbólica y un lenguaje plástico de marcado carácter devocional, concebida como homenaje a este encuentro cofrade.
La obra ha sido ejecutada en formato 100 x 70, empleando una técnica mixta de acrílico y óleo sobre tabla montada en bastidor, y cuenta con la digitalización realizada por Fran Carrera, lo que permite su adecuada reproducción y difusión dentro del contexto del evento para el que ha sido concebida.
Una composición marcada por la luz, el templo y la idea de Jerusalén espiritual
El discurso visual de la obra se articula en torno a la parroquia de la Asunción, convertida en eje central de la representación, donde la luz adquiere un protagonismo determinante al sugerir una dimensión de milagro y trascendencia. La arquitectura sagrada aparece interpretada como una especie de Jerusalén simbólica, atravesada por la gracia divina que parece penetrar por sus accesos, configurando un espacio donde lo terrenal y lo espiritual se entrelazan de forma armónica.
En ese contexto, la pieza introduce la presencia de dos ángeles que se inclinan sobre un marco abierto, evocando la imagen de una nueva Arca de la Alianza, concebida sin límites ni fronteras, en la que la Cruz Verdadera emerge como centro de la narración iconográfica. La composición se completa con una atmósfera de gran intensidad lumínica, donde la arquitectura y lo sobrenatural conviven en un mismo plano expresivo.

Castro del Río, la simbología del olivo y la exaltación de la Cruz
El fondo de la obra se construye a partir de una sucesión de rayos de luz impetuosos que atraviesan la referencia a Castro del Río, elemento integrado en la composición como signo de identidad territorial y devocional. Dicho nombre aparece orlado por ramas de olivo, símbolo de la tierra y testimonio espiritual asociado a la Pasión, evocando la agonía de Getsemaní y reforzando la dimensión bíblica del conjunto.
La paleta cromática, dominada por matices de verde y oro, refuerza el carácter solemne de la obra, en la que las letras doradas adquieren una presencia destacada como metáfora de permanencia y memoria. Todo ello se orienta hacia la exaltación de la Cruz como árbol de vida, entendido como origen de la salvación y como victoria espiritual que ilumina la escena representada.
Una obra concebida como experiencia poética y litúrgica
La pieza se presenta, en palabras asociadas a su propio planteamiento, como un verdadero poema plástico, donde la estructura compositiva y la armonía cromática permiten una lectura directa que sitúa al espectador en el interior del ábside de la iglesia parroquial de la Asunción, concretamente en el entorno del altar.
Desde esa localización simbólica, la obra establece un vínculo directo entre el sacrificio de la Eucaristía y el sacrificio del Calvario, proponiendo una continuidad espiritual entre ambos momentos. De la dureza de las piedras emerge una dimensión vital que se proyecta hacia la Cruz calada, de la que pende el sudario como anuncio de la Resurrección, cerrando así una narración visual en la que lo artístico y lo teológico se entrelazan de forma inseparable.





