Hace un año, la Virgen de la Esperanza Macarena volvía a presentarse ante sus devotos tras la restauración realizada por Arquillo.
Yo estaba en la playa cuando comenzaron a llegar las primeras fotografías. Como tantos macarenos, abrí el móvil con la ilusión de quien espera reencontrarse con alguien a quien quiere profundamente. Pero algo ocurrió… La buscaba y no la encontraba.
Miraba una imagen tras otra intentando reconocer aquello que durante toda una vida había sido tan familiar para mí. Buscaba su expresión, la dulzura de sus ojos, esa mirada capaz de abrazar sin palabras. La observaba una y otra vez, acercando las fotografías, deteniéndome en cada detalle, y sentía una extraña sensación de vacío… La buscaba y no la encontraba.
No era una cuestión de técnica ni de restauración. Era algo mucho más íntimo. Cuando una imagen forma parte de tu historia, de tus recuerdos, de tus alegrías y de tus penas, cualquier cambio, por pequeño que sea, se siente enormemente grande.
Aquel día, mientras el ruido del mar acompañaba mis pensamientos, me invadió la tristeza. Quería reconocer a la Madre que tantas veces había buscado con la mirada al entrar en su basílica. Quería encontrarme con esos ojos que tantas veces me habían dado consuelo. Pero no podía… La buscaba y no la encontraba.
Pasaron los días y los meses. Intentaba convencerme de que era Ella, porque sabía que era ella. Pero mi corazón seguía echando en falta algo. Seguía buscando esa mirada que me había acompañado desde niña, esa expresión única que tantos consuelos había derramado sobre sus hijos.
Y entonces llegó el día. Meses después, cuando Pedro Manzano intervino para corregir lo que tantos devotos percibíamos, ocurrió algo que jamás olvidaré. Volví a mirarla y allí estaba… Por fin, la encontré.
Encontré de nuevo aquella mirada serena y profunda, aquella dulzura infinita que tantas veces me había hecho sentir en casa. No recuperé una imagen distinta; recuperé el encuentro. Recuperé la emoción de reconocer a la Madre que nunca se había marchado, pero que mis ojos no lograban encontrar.
Por eso, cuando recuerdo aquel día de playa, no pienso solo en la tristeza de haberla buscado sin hallarla. Pienso también en la inmensa alegría del reencuentro. Porque durante meses la busqué y no la encontraba. Y porque, gracias al trabajo de Pedro Manzano, muchos sentimos que la Macarena nos fue devuelta.
Y al volver a cruzarme con su mirada, comprendí que hay encuentros que merecen la espera, porque cuando llegan, llenan de nuevo el alma de Esperanza.





