La revirá | La mentira siempre tiene las patas muy cortas

La mentira es una criatura poliédrica, de contornos cambiantes y disfraces infinitos, capaz de adoptar las formas más diversas sin perder nunca su naturaleza esencial. No consiste únicamente en afirmar deliberadamente aquello que no es cierto, aunque esa sea, por supuesto, su manifestación más elemental. También se miente mediante el silencio interesado, la omisión calculada, la tergiversación, la manipulación del contexto y la construcción de una apariencia destinada a ocultar una realidad que se conoce perfectamente. Se miente cuando alguien intenta envolverse en el manto de la pulcritud, de la honorabilidad o de la rectitud profesional mientras su trayectoria revela exactamente lo contrario. Se miente cuando un sinvergüenza y un miserable pretende erigirse en adalid de la limpieza, la ética y la decencia después de haber pasado toda su vida sembrando odio a diestra y siniestra y faltando a la verdad cada vez que abre la boca. La mentira no necesita siempre una falsedad explícita; a veces basta con fabricar una imagen incompatible con los hechos. Y en esa capacidad para disfrazarse, para adoptar el lenguaje de la virtud y para presentarse como aquello que no se es reside buena parte de su extraordinaria capacidad de propagación. Sin embargo, por mucho que se perfeccionen sus ropajes, por mucho que se multipliquen sus artificios y por mucho que sus propagadores intenten revestirla de solemnidad, existe una certeza que permanece inalterable: la mentira siempre tiene las patas muy cortas.

También miente quien pretende compensar una verdad incómoda con otra mentira pronunciada desde el rincón contrario del ring, como si la existencia de una falsedad en el adversario pudiera convertir en verdadera la propia. Esta forma de engaño, especialmente frecuente en los escenarios dominados por la confrontación, parte de una premisa tan elemental como falaz: si el otro también miente, entonces mi mentira queda legitimada. Pero no es así. La falsedad no se neutraliza con otra falsedad, del mismo modo que la corrupción de una conducta ajena no convierte en honorable la propia. El debate público se ha llenado de individuos que no buscan la verdad, sino la victoria; que no pretenden esclarecer los hechos, sino imponer un relato; que no desean que prevalezca la razón, sino que el adversario quede sepultado bajo una acumulación de acusaciones, medias verdades y falsedades cuidadosamente administradas. Y en ese intercambio de golpes, cada cual se presenta como víctima, cada cual se proclama defensor de la honestidad y cada cual encuentra siempre una justificación para sus propias miserias. La mentira se convierte entonces en una herramienta de combate, en un arma arrojadiza que deja de estar sometida a cualquier consideración ética porque lo único importante es que alcance al enemigo. Pero la realidad posee una resistencia extraordinaria frente a quienes pretenden manipularla indefinidamente. Puede ser retrasada, deformada o temporalmente sepultada bajo toneladas de propaganda, pero termina emergiendo.

Miente también quien se viste con piel de cordero cuando, bajo esa apariencia de mansedumbre, se esconde un lobo dispuesto a destruir a todo aquel que considera su enemigo. La impostura moral constituye una de las formas más refinadas de la mentira, porque permite a quien la practica presentarse simultáneamente como víctima y como verdugo, como defensor de la paz y como instigador del conflicto, como paladín de la limpieza mientras dedica su existencia a ensuciar la de los demás. Hay personas que han convertido el ataque a sus semejantes en un modo de vida, que necesitan señalar, desacreditar, difamar y destruir porque su propia irrelevancia les impide alcanzar el foco por cualquier otra vía. Y cuando esa estrategia encuentra un vocero dispuesto a comprar o a ser comprado para difundir hasta el hartazgo un mensaje falso, la mentira adquiere una dimensión industrial. Se fabrica una versión, se busca una voz que la repita y se confía en que la insistencia termine transformando la falsedad en apariencia de verdad. Pero esa esperanza tropieza con una sociedad que, afortunadamente, hace ya mucho tiempo que ha aprendido a distinguir el polvo de la paja y a diferenciar a quien va de frente, expone su opinión y asume las consecuencias de sus palabras de quien convierte el ataque permanente a sus semejantes en su única forma de existencia pública. La propaganda puede amplificar una mentira, pero no puede otorgarle dignidad.

Por eso conviene no perder de vista que la mentira, por sofisticada que sea, siempre termina enfrentándose al tiempo. El tiempo es el peor enemigo de quienes han construido su reputación sobre la impostura, porque obliga a confrontar las palabras con los hechos, las declaraciones con las conductas y la imagen cuidadosamente fabricada con la trayectoria real. Tarde o temprano, el manto de pulcritud se rasga, la piel de cordero deja entrever al lobo, el vocero pierde credibilidad y la acumulación de falsedades termina formando un expediente demasiado pesado para seguir ocultándolo bajo discursos de honorabilidad. No hay campaña capaz de borrar una vida entera de miserias, ni proclama de limpieza capaz de limpiar las huellas de quien ha pasado años sembrando odio, ni mentira suficientemente repetida como para convertir a un miserable en una persona honorable. La verdad no siempre llega pronto, pero casi siempre llega. Y cuando lo hace, suele encontrar a quienes mintieron atrapados en la red que ellos mismos tejieron. Por eso, frente a la mentira en todas sus formas —la explícita, la disfrazada, la interesada, la propagandística y la revestida de virtud— solo cabe mantener la memoria y observar con serenidad. Porque quienes hoy gritan más fuerte no necesariamente tienen razón, quienes más invocan la limpieza no siempre están limpios y quienes más se esfuerzan por destruir a los demás quizá solo estén intentando impedir que alguien descubra quiénes son realmente. Y, al final, la mentira siempre tiene las patas muy cortas.