El debate sobre los límites de la música cofrade ha vuelto a estallar. Lo vivido ayer en la velada de Ibai Llanos con la intervención de la Agrupación Musical Virgen de los Reyes no es una simple anécdota de la cultura popular ni un intento inocente de acercar nuestras tradiciones a las nuevas generaciones. Es, a todas luces, una desnaturalización injustificable de lo que representa la música procesional en Sevilla y en toda Andalucía.
La música cofrade no nació para el entretenimiento de masas ni para servir de comparsa en el atrezzo de un show mediático. Nació del recogimiento, de la fe, del rezo hecho melodía y del sentir profundo de un pueblo que vive su Semana Santa con rigor y respeto. Cada acorde de una agrupación como Virgen de los Reyes está ligado a la devoción de miles de fieles, a la sobriedad de las marchas tras los pasos y al patrimonio de una tradición centenaria.
Prestarse a este tipo de escenarios despoja a la música procesional de su verdadera esencia y dimensión espiritual. Cuando se descuida el contexto y se sustituye la devoción por el espectáculo, la frontera entre la divulgación y la banalización desaparece. No todo vale por la visibilidad, el aplauso fácil o el impacto en redes sociales. Convertir el patrimonio musical de nuestra Semana Santa en un simple reclamo para un evento de entretenimiento es desvirtuar la identidad de lo que somos y de lo que representamos.
Sevilla y Andalucía tienen un legado cultural y religioso que merece ser custodiado con dignidad. Las agrupaciones musicales no son meras orquestas de alquiler; son embajadoras de un sentimiento y de una fe. Cruza la línea del mero show quien olvida a quién se debe y qué representa cada vez que viste su uniforme y hace sonar sus instrumentos. Si perdiendo el respeto por el origen terminamos aplaudiendo la pérdida de nuestra identidad, el precio que paga el mundo cofrade es demasiado alto.





