¡Tos por igual, valientes! ¡A esta es!
Hay quien entiende esto de las cofradías como una partida de caza, pero con una diferencia: aquí las piezas no llevan plumas ni cuatro patas, sino nombre y apellidos. Y cuando aparece un llamador libre, se despierta el instinto depredador. Todo vale con tal de añadir otro trofeo a la colección, aunque para conseguirlo haya que apuñalar por la espalda al mismo hermano con el que ayer compartías trabajadera.
Alguno sería capaz de vender a la mismísima madre si al final de la operación consigue un martillo más que añadir a la vitrina. La lealtad, la amistad y hasta los años compartidos pasan entonces a cotizar menos que una levantá mal dada. Porque el objetivo es el llamador, y detrás del llamador viene la fotografía, el reconocimiento, el nombre en boca de todos y esa sensación tan peligrosa de creerse imprescindible. El hermano deja de ser hermano cuando se convierte en obstáculo.
Y así se va llenando la pared. Un nuevo trofeo aquí, otro allá. Los nombres de las víctimas ocupan su lugar junto a los llamadores, como si fueran las cabezas disecadas de una colección de caza. Lo más triste es que, cuando pasen los años y muchos vuelvan la mirada sobre semejante colección, puede que termine pesando más la cantidad de víctimas que la calidad del cazador. Porque acumular piezas no convierte a nadie en maestro, igual que llenar una pared de nombres no convierte las traiciones en méritos.
Pero cuidado, valientes, que debajo de un paso también hay una cosa que se llama dignidad. Y esa no se compra con un llamador, ni se consigue con una puñalada, ni cabe en ninguna vitrina. Porque al final, cuando se apaga el ruido y se acaba la película, uno tendrá que mirar esa pared llena de trofeos y preguntarse cuántos nombres conocidos tuvo que traicionar para poder presumir de colección.
¡Ahí quedó!





