El viejo costal | Del placer del mal

El conflicto que muchas veces nos inunda en el mundo cofrade es que no solo haya quien hace mal, sino, que el mal funciona.

El mal otorga poder, le añade prestigio, hace que se gane influencias y, sobre todo, muchos aplausos y silencios cómplices. Además, a quien lo ejerce le causa un placer inmenso, como si fuese una mezcla de impunidad, vanidad, sensación de dominio y, lo peor de todo, auto justificación moral.

Y esta forma de generar daño, especialmente en el mundo de las hermandades, tiene su origen en que quien lo va a ejercer descubre que hacer daño a sus iguales no tiene consecuencia, y ya de paso, al descubrir esto, además descubre que no saca ventaja alguna de dedicarse al servicio, a la virtud y a la humildad, que nada le aportan, ni siquiera un poco de placer.

Ejerciendo el mal, el sujeto se empieza a sentir invencible y aboga por un nuevo lema: “si nadie me frena es que tengo razón” y además se lo cree, y cuando actúa mal se siente invencible y perfecto en sus razones y pensamientos.

Y cuando el mal se reviste de autoridad, se convierte en poder sin medida, y el que manipula, excluye, humilla y divide va viendo cómo su estrategia funciona y empieza a sentirse dueño de la hermandad y de todos los que le rodean, empezando a sentir una peligrosa satisfacción.

Además de sentirse dueño de la hermandad, cree ser dueño de las personas, de los tiempos y de cada uno de los silencios que necesita de los palmeros que le rodean y apoyan, sometidos por miedo a sufrir los golpes habituales del impresentable generador del mal, aumentando el placer del que mueve los hilos y observa cómo otros bailan.

Él sigue recibiendo aplausos por su comportamiento vergonzoso, y todos empiezan a confundir el mal con “carácter”, “mano firme” o “defensa de la tradición”, y el que actúa mal siente que su conducta es admirada, y ahí es donde está el placer más perverso, el de creer que el mal es bien.

Cuando todos sufren por el mal, unos por padecerlo directamente, otros  por tener que guardar silencio, el que lo genera siente un calor en su pecho agradable por ver que su decisión perjudica a alguien y nadie en su entorno lo cuestiona.

Muchas veces contiene una sonrisa al ver que la misma ha dividido al grupo de hermanos, y mucho más placer cuando comprueba que muchos dependen de él, temen su criterio y buscan su aprobación de la forma que sea, y lo mejor de todo, el gozo silencioso de sentirse imprescindible, aunque su liderazgo nazca del miedo.

Después del paso de alguien así en la hermandad quedan cicatrices importantes por el desgaste espiritual, por la pérdida de todas las personas que han sufrido esta forma de proceder, por el daño ejercido contra el Evangelio y la realidad de la práctica real, y lo peor de todo, la paradoja de que el mal triunfe en espacios que deberían ser refugio de luz y de paz.

La verdad es que el diablo tiene los dedos muy largos y siempre encuentra a alguien dispuesto a servirle si le llena su vacía alma de soberbia y de efímero placer.