Los artesanos | Cuando el barniz también mira al cielo

Ha llegado el otoño. Cambian las temperaturas, llegan las primeras lluvias y aumenta la humedad ambiental. Para muchos puede ser simplemente un cambio de estación. Para quienes trabajamos con barnices, es también un cambio en la manera de trabajar.

Porque un buen barnizado no depende únicamente de un buen barniz ni de unas buenas manos. Depende también del ambiente en el que ese barniz se aplica y seca.

La humedad relativa y la temperatura son dos factores que un charolista debe conocer, controlar y, sobre todo, saber interpretar.

Uno de los fenómenos más conocidos cuando se trabaja en determinadas condiciones de humedad es el llamado velado. Esa superficie que debía quedar transparente, profunda y limpia aparece de repente blanquecina, lechosa o ligeramente opaca.

No necesariamente significa que el barniz sea malo.

Tampoco que todo el trabajo esté perdido.

Significa que algo ha ocurrido durante la formación de la película.

En determinados barnices de evaporación rápida, especialmente los tradicionales de naturaleza nitrocelulósica, el enfriamiento provocado por la rápida evaporación de los disolventes puede favorecer, cuando existe una humedad ambiental elevada, la condensación de agua en la película mientras esta se está formando. El resultado puede ser ese aspecto blanquecino que los charolistas conocemos bien.

Y aquí aparece una de las diferencias entre aplicar un producto y conocer un oficio.

El velado hay que saber leerlo.

Hay que valorar cuándo se ha producido, su intensidad, qué tipo de barniz estamos utilizando, las condiciones ambientales y hasta qué profundidad parece haber afectado a la película. En algunos casos puede corregirse favoreciendo una evaporación más lenta y controlada mediante el sistema adecuado para ese barniz; en otros será necesario dejar estabilizar, trabajar nuevamente la superficie o incluso retirar una aplicación defectuosa antes de continuar.

Lo que nunca debería hacerse es intentar solucionar un problema sin comprender primero qué lo ha provocado.

Porque la humedad no afecta solamente a la apariencia.

Una película puede parecer seca y, sin embargo, no haber desarrollado correctamente todas las propiedades para las que fue formulada.

Cuando las condiciones de aplicación y secado se alejan de las recomendadas para cada sistema, podemos comprometer la transparencia, el brillo, la nivelación, la adherencia entre capas, la dureza final o la resistencia de la película. Y dependiendo del tipo de barniz, los mecanismos y las consecuencias serán diferentes.

No se comporta igual una goma laca que una nitrocelulosa. Tampoco un poliuretano de dos componentes que un barniz al agua.

Ahí está precisamente la importancia del conocimiento.

En un taller profesional no debería bastar con mirar por la ventana y decir: «Hoy parece que hace buen día». Temperatura y humedad relativa pueden y deben medirse. Y además hay que tener presente otro dato fundamental: la temperatura de la propia pieza.

Una madera que llega fría al taller puede encontrarse en condiciones muy distintas a las del aire que la rodea. Si su superficie está próxima al punto de rocío, el riesgo de condensación aumenta. Por eso no siempre basta con calentar el ambiente: hay que permitir que pieza, producto y taller alcancen unas condiciones estables.

Y la madera también participa en todo esto.

Es un material higroscópico: intercambia humedad con el ambiente y responde a sus cambios. En patrimonio histórico, donde trabajamos sobre maderas antiguas, ensamblajes, aparejos, dorados y películas anteriores, mantener unas condiciones razonablemente estables adquiere todavía mayor importancia.

Por eso el otoño nos obliga a estar especialmente atentos.

Cerrar el taller para evitar la humedad exterior no sirve de mucho si dentro generamos un ambiente inadecuado. Calentar sin controlar tampoco es siempre la solución. Deshumidificar indiscriminadamente, menos aún. Lo importante es la estabilidad y conocer las necesidades del sistema con el que estamos trabajando.

El buen charolista aprende a mirar un higrómetro casi con la misma atención con la que observa el brillo de una superficie.

Porque nuestro trabajo no consiste simplemente en conseguir que una pieza brille el día que sale del taller.

Consiste en intentar que la película se haya formado correctamente, que conserve las propiedades que debe tener y que cumpla su función durante el mayor tiempo posible.

Ahora que vuelven las lluvias, merece la pena recordarlo:

el barniz también necesita su clima.

Y conocerlo forma parte del oficio.