El rincón de pensar | Las cofradías no son de otro planeta

Hay algo que deberíamos asumir de una vez: el mundo cofrade no es más que el reflejo de la sociedad en la que vivimos, con sus virtudes, sus defectos y sus contradicciones. Y quizá el problema sea que, mientras hablamos de fe, tradición, valores y hermandad, cada vez prestamos menos atención a algo tan básico como la educación y el respeto.

Se ha perdido la costumbre de saludar, escuchar, respetar al que piensa diferente, reconocer un error o pedir disculpas. Confundimos defender nuestras ideas con imponerlas y la libertad de expresión con tener barra libre para despreciar a los demás.

Y las cofradías no son inmunes a esta realidad.

Basta con mirar a nuestro alrededor: hermanos enfrentados por cuestiones personales, críticas convertidas en ataques y comentarios en redes sociales que jamás se harían cara a cara.

Todo ello mientras en los altares hablamos de amor al prójimo, humildad, caridad y fraternidad.

Qué curioso resulta exigir respeto a las imágenes y olvidarnos, en ocasiones, de respetar a quienes tenemos al lado.

Nos emocionamos con una levantá, se nos hace un nudo en la garganta al escuchar una marcha y recorremos kilómetros detrás de un paso. Pero ¿de qué sirve todo eso si después somos incapaces de discrepar sin descalificar al contrario?

La educación no se demuestra llevando una túnica o un costal, tocando en una banda o sentándose en el despacho de una hermandad. Se demuestra en el trato diario, en cómo hablamos y en cómo tratamos a quien piensa diferente.

Porque ser hermano no significa pensar igual, compartir cuadrilla o aplaudir todas las decisiones. Significa convivir con quien discrepa sin convertirlo en un enemigo.

Quizá nos preocupe demasiado quién tiene razón y demasiado poco mantener la convivencia. A veces defendemos antes al amigo que a la verdad, alimentamos egos y convertimos las hermandades en escenarios de protagonismo. Y así vamos vaciando de contenido una palabra que utilizamos mucho y practicamos bastante menos: hermandad.

También deberíamos preguntarnos qué ejemplo damos a quienes vienen detrás. No podemos hablarles de valores y tradiciones mientras nuestras propias actitudes demuestran lo contrario.

Al final, una cofradía no se mide solamente por su patrimonio, sus nazarenos, sus bandas o la solemnidad de sus cultos. También se mide por la calidad humana de quienes la forman. Y eso no aparece en ningún inventario patrimonial.

Podemos tener las mejores imágenes, las marchas más extraordinarias y las procesiones más espectaculares. Pero si perdemos la educación, el respeto y la capacidad de convivir, estaremos conservando las formas mientras dejamos morir el fondo.

Porque la Semana Santa no solo se predica con imágenes en la calle. También se predica con nuestras acciones durante los otros 358 días del año.

El respeto, la educación y la humildad no deberían salir en procesión una vez al año. Deberían acompañarnos siempre.

De lo contrario, mucho incienso, mucha cera y mucha palabra bonita… pero muy poca hermandad.