Decir Pedro Braña en Sevilla es evocar un estallido de luz y alegría en San Gil. Es imposible desligar su nombre de los compases de Coronación de la Macarena, esa genialidad de 1964 que se convirtió en el himno oficioso de toda una devoción mariana universal. Sin embargo, reducir la inconmensurable figura del maestro asturiano a una sola obra —por muy excelsa que sea— es cometer un pecado de miopía musical recurrente en nuestros atriles cofrades. La producción de Braña no se agota en el arco de la Macarena; al contrario, es un vasto océano de matices, elegancia y sinfonismo que merece ser reivindicado con la máxima solemnidad.
La oportunidad perfecta para saldar esta deuda histórica nos la brinda la inminente entrega del Galardón Pedro Braña 2026, organizado de manera ejemplar por el Centro Asturiano en Sevilla junto al Ayuntamiento de la ciudad. La cita tendrá lugar el próximo miércoles 18 de noviembre a las 20:00h en el Teatro Hogar Virgen de los Reyes, donde se reconocerá la impecable trayectoria de la joven saxofonista polaca Lena Maruchacz. Es un hermoso puente cultural que demuestra cómo la música clásica y contemporánea sigue uniendo fronteras, y una muestra inmejorable de la encomiable labor del Centro Asturiano, que lleva décadas protegiendo, difundiendo y dignificando la memoria de su paisano más ilustre en la capital hispalense.
Hablar del estilo de Pedro Braña es hablar de una finura técnica y una delicadeza instrumental insólitas en su tiempo. Su formación en el Real Conservatorio Superior de Madrid y en el prestigioso Conservatorio Giuseppe Verdi de Turín, sumada a sus años dedicados a la composición de bandas sonoras para el cine en Madrid, dotaron a su música de un carácter marcadamente descriptivo, casi cinematográfico y profundamente europeo. Cuando en 1945 asumió la dirección de la Banda Sinfónica Municipal de Sevilla —puesto que ocupó con maestría durante 28 años—, Braña revolucionó el concepto de la música procesional. No buscaba la estridencia folclórica, sino el sinfonismo puro. Llegó incluso a introducir violines y violonchelos en la formación de la banda para enriquecer su textura, desafiando los cánones de la época.
Sus fuentes de inspiración bebían directamente del gran nacionalismo musical español de autores como Manuel de Falla o Joaquín Turina, matizado por un lirismo italiano academicista y la nostalgia perenne de su Asturias natal, cuyas esencias folclóricas supo transmutar con respeto en composiciones sinfónicas de primer nivel. Al mismo tiempo, Braña ha sido el espejo y la inspiración directa para las generaciones posteriores de compositores que buscaron romper la estructura plana de la marcha clásica para adentrarse en la complejidad estructural, influyendo decisivamente en autores de corte sinfónico contemporáneo.
Para sumergirse de verdad en su genialidad, el cofrade debe obligatoriamente desviar el oído hacia otras joyas de su catálogo. Pensemos en la imponente solemnidad de Nuestra Señora del Patrocinio (1951), la desgarradora y andaluza melancolía de Nuestra Señora de Montserrat (1955) o el misticismo sobrecogedor de Salmo Penitencial (1954). Tampoco podemos olvidar su capacidad para captar la hondura fúnebre en marchas como Angustia (1945) o Jesús de Pasión (1971) y una marcha que me parece sublime, delicada y maravillosa: Virgen de las Tristezas (1949), dedicada a la Hermandad de la Vera Cruz de Sevilla.
Pedro Braña fue el asturiano que mejor supo traducir en el pentagrama el latido interno de la Semana Santa de Sevilla. Por eso, acudir este 18 de noviembre al Teatro Hogar Virgen de los Reyes no es solo apoyar un galardón cultural de prestigio; es una declaración de principios cofrades. Es gritarle al viento que la música de nuestras hermandades es arte con mayúsculas y que el legado de Don Pedro Braña, afortunadamente, sigue soplando con la fuerza de un vendaval eterno. Aunque dicho sea de paso, debería de interpretarse más en la calle su legado musical para deleite del cofrade con gusto refinado.
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