El viejo costal | Del repetido error

Cada día somos testigos de cómo todo se deteriora, de cómo el entorno se descompone poco a poco. No se trata de pesimismo, sino de una realidad que nos envuelve y nos exige atención, incluso colaboración. Es algo que no podemos evitar, aunque estemos atrapados hasta el cuello en esta rueda frenética que llamamos vida cotidiana.

Ayer intentaba relajarme un poco en compañía de algunos amigos; ya sabes, eso de una cervecita, alguna tapa y mucha conversación, a poder ser inteligente. Y en eso estábamos. Todos los asistentes coincidían en que es necesario poner orden en esto de las salidas extraordinarias, magnas incluidas: lo extraordinario ya se está volviendo ordinario y se nos está yendo de las manos, en como en algunos casos la policía municipal decide si se debe o no de salir, independientemente de los que piense la autoridad eclesiástica.

La conversación, como suele ocurrir cuando el aire se llena de palabras y el alma se suelta, fue derivando poco a poco hasta desembocar, casi por necesidad, en la política. En los políticos, en sus maneras, extrañas unas, y torpes otras, de ejercer ese adoctrinamiento que, sin pudor, lanzan sobre los votantes, sobre el pueblo llano.

Y es que hoy en día hay quienes se empeñan en dibujar el mundo con solo dos colores: o estás con nosotros o estás con el contrario, con nuestro enemigo. Así nos dejan, con poco donde escoger. Uno o el otro, sin matices, sin caminos intermedios. Dos posibilidades adoctrinadas. Pero la verdad, esa que no grita, pero tampoco se esconde, es que hay cientos de opciones. Lo que ocurre es que, cuando los seguidores se desencantan de las mentiras repetidas, de las falsedades perpetuas y de las triquiñuelas que se usan para arrancarles el voto y la ayuda económica que viene detrás, ya no les queda más que mirar al otro lado. Así han sido adoctrinados: con un adoctrinamiento malo y torpe que, por arrogante, no ha servido sino para engordar las filas del contrario.

Eso es lo que tienen los muros, sean sanitarios o ideológicos: dividen, aíslan y nos roban a todos la posibilidad de mirar el horizonte. Nos quitan la capacidad de ver en todas las direcciones, de imaginar todas las opciones, de elegir con libertad y con sentido.

Y ahí andamos, soportando mentiras tras mentiras, haciéndonos ver como alguien ciego que no ve nada. Pero lo que es peor aún: nos hacen mudos para impedirnos siquiera dirigir la palabra y señalar el error. Así es esa política actual, esa del «y tú más», esa torpe política más propia de una reyerta de patio de vecinos, donde nadie oye, nadie ve y mucho menos se entienden las razones de la otra parte.

No se trata de que unos sean buenos y otros malos, porque queda más que claro que todos son malos por no querer entender ni oír las razones del otro. Es como si esto fuese un cabildo de elecciones con dos candidatos, y ambos señalasen al otro como el «malo», sin que ninguno de los dos presentara un programa de acción, ni planes, ni ideas; solo se dedicasen a señalar lo mal que lo hace el contrario. Y así les va a ir a los dos, con ese simple «tú más», que para lo único que sirve es para dejar clara la nulidad de su valor como candidatos, su inutilidad absoluta por falta de programa. Todo terminará seguramente en un perpetuo sine die, donde nunca se haga nada; solo se mantengan las actividades del pasado y todos esperen unas nuevas elecciones para ver si es posible llevar a cabo alguna novedad que sea útil, no a la persona, sino a la nación. Perdón, quería decir a la hermandad.

Así fue derivando la conversación, entrando en este fangoso terreno, este fango del que ya sabemos de qué lodos proviene. Y, llenos de barro hasta las cejas, marchamos en silencio para casa, con la sensación de una tarde perdida, como tantas otras cuando se mezclan religión y política.