La revirá | El Galileo

El Galileo conocía bien los pliegues del alma humana y sabía que no todas las tentaciones se presentan con cuernos ni todas las traiciones necesitan un beso para consumarse. Algunas llegan envueltas en generosidad, otras se disfrazan de virtud y no faltan las que consiguen abrirse paso bajo la apariencia de un mérito incontestable. «No podéis servir a Dios y al dinero», advirtió a quienes pretendían conciliar intereses incompatibles sin renunciar a ninguno de ellos. Dos mil años después, la sentencia conserva intacta su capacidad para incomodar a quienes han descubierto que el camino hacia determinadas metas puede allanarse mediante procedimientos que difícilmente resistirían una mirada demasiado detenida. En el delicado universo de las cosas que acompañan a lo sagrado, donde el talento debería bastarse para justificar cada reconocimiento, también existen tentaciones menos elevadas: confundir el prestigio con la propiedad, la preferencia con la exclusividad y la excelencia con la conveniencia de que nadie más pueda aspirar a ella. La verdadera astucia no consiste en proclamarse superior, sino en conseguir que los demás terminen convencidos de que no existe alternativa. Para ello, nada resulta tan eficaz como disponer de una narración persistente, de voces que la repitan con admirable sincronía y de un clima en el que determinadas virtudes ajenas se vuelvan sospechosas mientras las propias adquieren, por simple reiteración, la categoría de dogma. Así, sin necesidad de prohibir ninguna melodía, puede conseguirse que algunas dejen de escucharse; sin cerrar ninguna puerta, que ciertas llamadas encuentren cada vez menos respuesta. Y todo ello bajo la apariencia impecable de que las cosas, sencillamente, han seguido su curso natural.

El Galileo desconfiaba, además, de quienes necesitaban exhibir sus buenas obras para obtener reconocimiento. «Cuando des limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti», aconsejó a quienes confundían la generosidad con el aplauso. La advertencia no condenaba el acto de dar, sino la expectativa que podía esconderse detrás de él. Porque hay una diferencia sustancial entre ofrecer sin esperar recompensa y descubrir, tiempo después, que ciertos gestos parecen haber encontrado una correspondencia extraordinariamente favorable. La mano que da conserva toda su nobleza mientras no pretenda dirigir la mano que recibe. De lo contrario, la generosidad corre el riesgo de convertirse en una inversión y el agradecimiento, en una obligación que nadie se atreve a formular en voz alta. No siempre hacen falta palabras explícitas para que una relación adquiera contornos incómodos; a veces basta con observar cómo se distribuyen las oportunidades, qué argumentos se invocan para justificar determinadas decisiones y qué silencios acompañan a los resultados. También sucede que una frase pronunciada sin demasiada cautela termina iluminando, durante unos instantes, aquello que tantas explicaciones habían mantenido en penumbra. Después, naturalmente, llega el momento de recomponer el discurso, devolver a cada gesto su apariencia desinteresada y confiar en que nadie conserve memoria de lo escuchado. Pero las palabras tienen la mala costumbre de sobrevivir a las intenciones con las que fueron pronunciadas. Y cuando una decisión parece admitir más de una explicación, la transparencia no debería interpretarse como una descortesía, sino como la mejor garantía de que el mérito permanece a salvo de cualquier sospecha.

Hay otra enseñanza del Galileo que convendría recordar cuando la ambición empieza a confundirse con el destino y la conquista de cada nueva posición se celebra como si el simple hecho de alcanzarla demostrara que se merecía. «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?». La pregunta resulta especialmente oportuna en aquellos escenarios donde el éxito puede contabilizarse con facilidad, pero su coste moral exige una operación bastante más compleja. Se cuentan los reconocimientos, se celebran las oportunidades, se exhiben los logros y se presentan las conquistas como la consecuencia inevitable de un talento extraordinario. Mucho menos se habla de aquello que queda fuera de la fotografía: las oportunidades que desaparecen para otros, las reputaciones erosionadas lentamente y las pequeñas victorias que solo adquieren sentido cuando alguien más pierde. No todo lo que se consigue constituye una prueba de excelencia, del mismo modo que no toda derrota demuestra falta de talento. A veces, la diferencia entre unos y otros no reside exclusivamente en lo que saben hacer, sino en las circunstancias que rodean sus esfuerzos, en los relatos que se construyen a su alrededor y en la desigual capacidad para influir sobre quienes deben decidir. El problema no es aspirar a lo más alto, sino considerar que el ascenso propio justifica cualquier procedimiento; no es defender el trabajo de uno, sino convertir el descrédito ajeno en una herramienta de promoción. Porque hay victorias que engrandecen a quien las obtiene y otras que, contempladas con cierta distancia, dejan una pregunta suspendida en el aire: si el resultado es tan brillante, ¿por qué necesita tantas sombras alrededor?

Al final, el Galileo entró en el templo y expulsó a quienes habían convertido un lugar de oración en un espacio dominado por intereses que nada tenían que ver con su verdadera razón de ser. No necesitó elaborar una teoría sobre la reputación, los favores o las pequeñas servidumbres: le bastó con recordar que lo sagrado pierde su sentido cuando se utiliza para satisfacer ambiciones particulares. Quizá esa sea la parte más incómoda de la parábola, porque las tentaciones no siempre aparecen donde uno espera encontrarlas y los mercaderes no siempre necesitan desplegar sus mercancías sobre una mesa. Algunos prefieren operar en terrenos menos visibles, donde los gestos pueden interpretarse de varias maneras y las decisiones se presentan revestidas de una normalidad irreprochable. Pero incluso allí permanece una frontera que la conciencia debería reconocer: la que separa el mérito de la conveniencia, la generosidad del intercambio y la legítima aspiración del deseo de acapararlo todo. El honor no se compra, aunque a veces existan quienes parecen dispuestos a ponerle precio; la verdad no necesita ser repetida hasta la saciedad para conservar su valor, y el talento no debería depender de que otros pierdan la oportunidad de demostrar el suyo. Que cada cual siga su camino, interprete su partitura y celebre sus conquistas. El tiempo, que posee una paciencia muy superior a la de los hombres, termina colocando cada gesto bajo una luz distinta de aquella con la que fue presentado. Y entonces quizá se comprenda que no todas las puertas abiertas son una recompensa, que no todos los aplausos constituyen un veredicto y que la mayor victoria no consiste en quedarse con todo, sino en no tener que avergonzarse de la manera en que se consiguió. Quizá algún día me dé por hablarles de los reyes del mundo conocido y del dios de la paz. Hoy, de momento, he preferido hablarles del Galileo.