Aquí hay bemoles | El espejismo del pentagrama: cuando el ego musical puede más que la partitura

Hay una extraña epidemia instalada en el mundo de la música procesional que nos empuja, de manera sistemática, al autoengaño colectivo. Ocurre cada vez que una formación pisa la calle o se encierra en el local de ensayo con un objetivo tan absurdo como peligroso: tocar lo que le toca a las grandes, aunque los mimbres sean de andar por casa. Es el triunfo del postureo sobre la cordura, la dictadura de un «querer y no poder» que sacrifica la excelencia en el altar de las modas y del qué dirán.

Parece que en esto de las bandas —ya sean de cornetas, agrupaciones o formaciones de palio— impera un complejo de inferioridad mal disimulado. Si la banda de referencia del momento estrena una obra hipercomplexa, con modulaciones imposibles, registros desbocados y una exigencia técnica demencial, el resto se siente obligado a meterla en su atril. Da igual que la sección de metal vaya justa de aire, que las terceras voces sufran para sostener la afinación o que el equilibrio entre cuerdas y percusión sea un acto de fe. Se hace porque «hay que hacerlo», porque lo lleva todo el mundo, porque quedarse atrás en el repertorio parece un síntoma de debilidad.

Y el resultado, desgraciadamente, es de sobra conocido. Lo que debería ser un deleite sonoro se convierte en un ejercicio de supervivencia. El público asiste atónito a pasajes donde la obra original queda irreconocible, devorada por notas planas, ataques forzados y un descontrol armónico donde lo único que se busca es llegar vivo al final de la marcha. Se confunde el volumen con la fuerza, el barullo con la intensidad y el sufrimiento en el atril con la emoción cofrade.

Aquí es donde falta, de manera flagrante, una dosis de ejercicio de autocrítica y humildad. ¿Dónde quedó aquello de conocer los propios límites? El verdadero valor de una dirección musical no reside en acumular las partituras más difíciles del mercado actual, sino en saber leer qué puede defender su banda con solvencia, elegancia y limpieza. Es infinitamente más digno, bello y emocionante escuchar a una formación modesta clavar de principio a fin un repertorio clásico, adaptado milimétricamente a sus capacidades reales, que ver a un colectivo zozobrar intentando imitar lo inmitable.

Tocar con excelencia no significa tocar lo más difícil, sino hacer sonar de diez aquello que interpretas. Mientras sigamos ensayando para impresionar al vecino de al lado en lugar de para honrar la música que brota de nuestros atriles, seguiremos alimentando un espejismo hueco. Menos artificio, menos copia y pega sin criterio, y mucha más honestidad musical. Al fin y al cabo, la música procesional está para conmover el alma, no para poner a sufrir al pentagrama.