Cualquiera que salga en la tele. Ese es el criterio que, la mayor parte de las veces, parece seguirse a la hora de entregar distinciones como, por ejemplo, las del Día de Andalucía, donde el centro derecha se siente como pez en el agua loando la figura de Blas Infante y el acto se reduce a protagonistas pagados de sí mismos, sin más que rascar.
Esa nada (que podría haber firmado Carmen Laforet) tiene una capilaridad que espanta, casi como los discursos de los líderes políticos y algunos religiosos. Y, ahora que lo cool es utilizar el término transversal, esa actitud de premiar la nada, ni siquiera al personaje como personaje en sí mismo, se extiende como en su día lo hizo el chapapote por las costas gallegas.
El penúltimo ejemplo ha sido la medalla de Sevilla que se le ha dado al presidente del Consejo. Una distinción que, nada más anunciarse, ya dejó comentarios a pares, donde el humor y la crítica se conjugaban como en el verbo de un buen humorista.
Enumerar los méritos de Francisco Vélez se reduce a señalar su cargo actual y, tal vez, que pudiera ser el títere pintiparado de algunas hermandades y de las instituciones. Si algo tiene Vélez es que no da problemas; deja que la Magna del Congreso Internacional la organicen entre la Iglesia y las propias cofradías; permite que el Cachorro vaya a Roma prestando el simbólico apoyo institucional que sirva de excusa para lo inexcusable; que las Vísperas sigan con menos subvención y él se lava las manos con una asamblea (previa filtración de alguien a los medios afines para que haga campaña); y poco más.
Como verán, con esa lista de méritos usted, yo y cualquiera que, por circunstancias ocupe un cargo puede lograr que lo llame el alcalde de Sevilla y le comunique que tiene su medalla, aunque valga lo mismo que la que daban en los torneos escolares a todo el que participaba, porque lo importante es participar.
Lo importante es el momento fugaz de vanidad, cuidar el ego y, si en el Consistorio calculan que acudirá mucha gente a la entrega, sus buenas vallas, sus líneas rojas recién pintadas, un policía parando al hermano mayor de turno y un semáforo de aforo en rojo, que no hay que descantillarse.





