Llevo una semana dándole vueltas al mundo de las diferentes formaciones que, no sólo durante la Semana Santa, son las bandas sonoras de nuestra vida. ¿Quien no recuerda los sonidos de aquellas semanas santas de la infancia? Entre racheos penitentes, golpes al varal para levantar el paso, ese crujir de la madera, pero sobre todo, esos toques del timbal y las notas agudas de las cornetas y las trompetas que de manera lastimera rompían el silencio de la calle en la que esperabas la llegada del Señor.
Desde el Viernes de Dolores hasta el mismo momento de la Resurrección, desde pequeño hasta hoy he disfrutado de la música, pero desde hace más de diez años he tenido el honor y el placer de recorrer España conociendo la Semana Santa de las ciudades que recorrí y, ahora, en mi ciudad natal, la responsabilidad de llevar a cabo la dirección de una banda. Esta responsabilidad me ha hecho reflexionar sobre lo que sucede en torno a las bandas, ya sean de hermandad o independientes y, sobre todo, como influyen los sentimientos a la hora de tomar las decisiones que pueden ser claves y determinantes para el futuro de una institución en la que se deja la piel tanta gente.
Las direcciones de las bandas son las responsables de cómo suenan en la calle, de garantizar el proyecto futuro, y no han de ser los causantes de su desaparición. Aunque es inevitable que los sentimientos se entremezclen con la toma de decisiones, hay que tener la suficiente entereza y sangre fría y, si no eres capaz, tienes que apartarte.
No voy a dar nombres, pero los que estamos metidos en el mundo cofrade, conocemos casos en los que la dirección de las bandas han llevado a la misma a su desaparición con tal de no apartarse de los sillones del despacho que pone director.
Todas, absolutamente todas las formaciones musicales pasan por crisis tras la pérdida de contratos importantes, o por la caída en número de componentes, pero hay que saber reconducirlas y, si no se es capaz, hay que saber pedir ayuda o apartarse, lo último es ver cómo desaparece la formación que ha llegado a ser parte de la historia de la cada vez más grande música procesional. Ninguna banda sobra, todas tienen cabida y su sitio, por mucho que algunos pocos quieran pretender.
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