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El Respiradero, Opinión

Aquella noche cualquiera

Todavía resuena el eco de los vencejos que pregonaban la despedida de la tarde. El otoño había puesto un cielo de añoranza y Sevilla quería ganarle al tiempo para llegar a una nueva primavera. Sólo Dios podía hacer el milagro del tiempo. Y lo hizo de la forma más humana que sabe hacerla. Lanzando su zancada poderosa.

La noche había llegado temprana y en su aire se notaba el repeluco de los días grandes. El silencio se apoderaba de las calles. Ternos negros que abordaban la ciudad y el murmullo de la gente llegaba a lo más hondo del corazón. El Señor del Gran Poder había salido a la calle un día cualquiera de noviembre. Como si fuera un viejo médico de San Lorenzo que necesitaba salir de su consulta para visitar a un paciente.

A partir de ese momento la razón se escapó. Todo era un sueño. Una catequesis perfecta que empapó la ciudad de plegarias y oraciones. Prematura primavera de noviembre conseguida a través de una zancada breve y eterna. El que lo vio sigue sin saber si fue verdad aquella noche. Dios estaba en la ciudad o la ciudad estaba en Dios. Para todos. Niños y mayores se acercaban a él sedientos ante una fuente de amor infinito.

El Señor del Gran Poder rompió todos los esquemas. Incluso el de los agnósticos. Aquellos que consideran inaccesible para el entendimiento humano la noción de lo absoluto y, especialmente, de Dios. Ellos vieron aquella noche de noviembre al Gran Poder. Aquel día cualquiera lejos de su Madrugada. Y no pudieran negar que a su paso todo era lo absoluto. La dimensión de que Dios puede llenar todo y sembrar esperanza incluso para ellos. Los que negaron a Dios y después de aquel día vieron que la verdad de este mundo está en el rostro del vecino más antiguo del barrio de San Lorenzo.

 

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