Como manda la tradición, cada 5 y 6 de enero, con la llegada de la celebración de la festividad de la Epifanía, la iglesia conventual del Santo Ángel, popularmente conocida como Capuchinos, acoge el primer besamanos del año en el seno de la Córdoba Cofrade. Una cita que paulatinamente se ha convertido en esencial e insustituible en una jornada extremadamente especial que adquiere altas dosis de singularidad en torno a esta devoción centenaria felizmente recuperada para la ciudad de San Rafael, con especial énfasis tras el regreso a casa de Fray Ricardo de Córdoba.
Con motivo de la llegada de esta ocasión única e irrepetible, porque única e irrepetible es cada una de las ocasiones en las que el devoto tiene la oportunidad de encontrarse cara a cara con la Madre de Dios, el vestidor de la Divina Pastora, Antonio Villar, ha ataviado a la bellísima imagen letífica con la magnífica saya granate del siglo XIX que restaurase en 1995 el propio Villar y que la Virgen lució en su salida procesional el pasado mes de septiembre.
La imagen, que luce la pellica de pelo natural que llevó igualmente en la procesión, y un manto de seda en color grosella con encaje de hojilla de plata, lleva sobre sus sienes, toda vez que nos hallamos en Epifanía y está sentada en el trono de Reina de oro fino, la corona de plata de 1850 en lugar de pamela y con unas mantillas españolas del siglo XIX, de estilo gallarusa, que son propiedad del vestidor, y han sido dispuestas sobre la cabeza y arropando al Niño, obra de Antonio Bernal. Finalmente, el original exorno floral está integrado por flores de Pascua y decoración navideña en las que destacan madroños, lentisco, algodón y nueces, para potenciar la época que indica el calendario, con objeto de que conserve el aire navideño propio de la celebración, completado por cuatro candelabros que alumbran su majestad.
La Divina Pastora de Capuchinos es de autor anónimo, remodelada en los años 50 por el imaginero cordobés Juan Martínez Cerrillo y restaurada en 1994 por los imagineros cordobeses Francisco Romero Zafra y Antonio Bernal Redondo, quienes le devolvieron su antiguo esplendor.
La particular devoción de los capuchinos hacia la Divina Pastora nace en el siglo XVIII, período en el que, según la tradición, Nuestra Señora se apareció bajo un árbol ante fray Isidoro de Sevilla, ataviada al modo de los pastores y rodeada por un rebaño de ovejas. El relato se extendió rápidamente por todo el territorio andaluz, lo cual tuvo su repercusión en los distintos conventos de franciscanos capuchinos en los que, desde ese momento, comenzaron a levantarse altares en honor a la Divina Pastora.
La capital cordobesa no fue ninguna excepción y también aquí tuvo un gran auge desde un lugar tan emblemático como la inmaculada Plaza de Capuchinos. Allí, se dice, fue enormemente venerada la bella imagen de la Pastora – de la que no se conoce su autor aunque sí se pudo fechar su realización en el siglo XVIII, poco después de la mencionada aparición – hasta que ese fervor fue decayendo progresivamente, dejando a la bella talla en un discreto plano desde el que pasar prácticamente desapercibida durante largos años.
No fue hasta la década de los 90 del pasado siglo cuando la imagen de la Divina Pastora recobró su antigua relevancia y, con ella, su perdido protagonismo. Este cambio se produjo, una vez más, gracias a la más que notable influencia de fray Ricardo de Córdoba que, junto a un grupo de devotos, tomó la determinación de devolver el culto y la retirada atención a la que un día fuera nombrada patrona de los capuchinos.
A partir de entonces, la Divina Pastora del Convento del Santo Ángel volvería a estar en el punto de mira no solo con la celebración del Triduo en su honor, tradicionalmente llevado a cabo en torno al domingo del Buen Pastor, sino también con el besamanos en que la Santísima Virgen es expuesta en el interior del templo en la festividad de la Epifanía del Señor.
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