Es muy fácil entrar por la puerta que lleva a la perdición, porque es una puerta ancha y mucha gente va por ese camino. Pero es muy difícil entrar por el camino que lleva a la puerta estrecha, porque es un camino muy angosto. Por eso, son muy pocos los que la encuentran»”. (Mt 7, 13-14). Este es el mensaje evangélico que quiere transmitirnos la Hermandad Ánimas a través de su catequético montaje del Besamanos de Nuestra Señora Madre de Dios en sus Tristezas.
Las diputaciones de cultos, mayordomía y priostía, nos invitan a reflexionar sobre María como puerta del Cielo y camino de Santidad. Ella es nuestra guía en el camino correcto para llegar a Jesús. A ella invocamos a través de la oración, mediante los dos signos externos sacramentales el Escapulario y el Rosario. Estos elementos se hacen presentes en el altar efímero en los dos primeros ángeles, que los sostienen.
En el momento de oración se crea un punto de encuentro espiritual, que es lo que recrea el altar. Ese lugar donde lo espiritual y lo celestial se hacen presente en un punto físico concreto, donde solo el alma puede dar un paso más y “tocar” aquello en lo que creemos pero no podemos ver. Es ahí donde radica nuestra fe.
María nos muestra la puerta al paraíso, esa puerta por la que acceder a un encuentro definitivo y pleno con Dios. Los arcángeles custodian la puerta, por ser los que ocupan el grado más alto en la jerarquía de la Corte Celestial.
Tras ser recibidos por la Madre, nos adentramos, y observamos un altar con ángeles que portan los atributos de la Pasión de Cristo, y nos recuerdan el signo de amor de Dios hacia nosotros. El primero de ellos, comenzando a nuestra derecha, porta las treinta monedas de plata que recibió Judas Iscariote como recompensa por entregar a Jesús; los tres clavos con los que fue crucificado; la vara de abedul con la que le golpeaban el rostro y que le adjudicaron como cetro como objeto de burla y humillación. El segundo de ellos porta la cruz en la que Jesús fue crucificado, la corona de espinas y la lanza del centurión Longino con la que infligió las llagas en el costado. Asimismo, y junto al tercer ángel que se encuentran justo encima de la puerta estrecha de acceso al Paraíso, ambos sostienen el Paño de la Verónica, donde es enjuagado el rostro del Nazareno, quedando su semblante plasmado sobre el lienzo dando lugar a la Santa Faz. El tercer ángel también sostiene elementos pasionarios como son la escalera, utilizadas en el descendimiento para el bajar el cuerpo de Jesús tras su muerte y la caña con la esponja, con el que la hiel y el vinagre fueron ofrecidos a Jesús crucificado. Por último, encontramos las tenazas, las cuales fueron utilizadas para extraer los clavos de Cristo, el título I.N.R.I.: Iesus Nazarenus Rex Iuadeorum (Jesús el nazareno, rey de los judíos) y la columna y flagelos con los que Jesús recibió los latigazos durante su Pasión.
Todo ello se encuentra dispuesto a lo largo de una escalinata donde debemos despojarnos, mientras subimos estas escaleras que son un símil de nuestro proceso de purificación del alma durante el Purgatorio, de nuestros pesos y elementos distractores de lo que al final del Camino nos encontraremos: la puerta estrecha por la que acceder a la Verdad Revelada, Jesucristo.

















