Este viernes 5 de septiembre ha tenido lugar, a las 19:00h, en el Salón de Plenos del Ayuntamiento de Granada la presentación del programa de actos y el espectacular cartel oficial del I Centenario fundacional de la Hermandad de la Humildad de Granada, realizado por el cordobés D. Jesús Zurita.
Según detalla el propio artista, «para el Cartel del Centenario de la Humildad de Granada, una cruz alzada que es el tronco mismo del Árbol de la Vida, la alegoría de la ciudad nazarí -adjetivada en femenino- portando un estandarte mariano que levemente ondea al aire. Un ángel arropa al Señor con un rico paño púrpura más que con una clámide. El Cristo aparece sedente, humilde y manso, pero regio y mayestático, porta el cetro de Isabel la Católica, la corona sigue siendo la de espinas, la otra se postra a sus pies. La pompa y el boato brillan menos que la burbuja: todos los tiempos, salvo el eterno, son frágiles. Especial importancia tiene la alfombra, por la nostalgia del espacio de lo horizontal, de los suelos revestidos para alcanzar el cielo, rojo, por supuesto.»
Añade Zurita que «cuando, a partir de la invasión napoleónica, los neoclásicos penetraron en España y llegaron hasta Andalucía, se apasionaron con la idea de haber descubierto lo que parecía una Arcadia oculta y misteriosa, concebida de un modo absoluto, tanto que dejaron de ser militantes del neoclasicismo para convertirse a la fe del romanticismo. Podría pensarse que sólo desde el ámbito extenso de lo mítico, desde el terreno desbordado de la leyenda y desde la retórica intensa de lo poético, podía explicarse siquiera en parte aquello que sentían con tanta pasión.»
Detalla el artista cordobés que «para estos románticos-decimonónicos exaltados (sentimentalmente hablando), Granada fue la constatación misma de la existencia nostálgica de un paraíso perdido, ahora hallado. Quizá, herederos de aquella visión, para quienes seguimos llegando desde fuera, Granada conserva y desprende lo que muchos definen como “la eterna nostalgia”, como si el compás del tiempo fuera —o fuese aquí— distinto, por ser éste un tiempo eternizado y eternizante, sin otro metro que el que impone su belleza, nunca del todo encontrada ni perdida, como si en lugar de horas de reloj, la medida fuesen las luces de una constante atardecida.»
Concluye Zurita que «más allá de símbolos, signos y atributos, más allá de lecturas iconográficas, de detalles y referencias, de trasposiciones o préstamos —más allá de todo esto o aquello—, allende, el cartel pretende recoger esta impronta, esa poética, representando aquel halo, la aureola del movimiento cadencioso inspirado por la ternura humilde del Señor que todo lo detiene, como si esa calma mayestática fuese más regia que cualquier atributo de poder: paradójicamente serena, pero intensa. Como si la mirada del Cristo no estuviese perdida, sino trazando el camino marcado y definido por la esperanza, la esperanza en alcanzar el encuentro definitivo con el horizonte del paraíso prometido, aunque parezca lejano; en todo caso, mientras tanto, acariciar la belleza de Granada puede ser una forma de acercarse, aunque sea de forma nostálgica, después de todo y tanto, no extraña el deseo pertinaz de conquistar la ciudad.»










