Evangelium Solis, Opinión

“Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre»

Hoy la liturgia está directamente orientada a las celebraciones próximas de la Navidad. Y nos presenta  un capítulo importante de la vida de la Virgen como es la Visitación a su prima Isabel. Misterio en verdad de alegría y encuentro familiar que está a la altura de lo que son las fiestas navideñas. Por todo ello, hoy llega un nuevo Evangelium Solis a Gente de Paz.

 Lectura del santo Evangelio según San Lucas

 En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías, y saludó a Isabel.

En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo, y dijo a voz en grito:

–¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!

¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre.

¡Dichosa tú, que has creído! porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.

Palabra del Señor.

En el evangelio de Lucas de hoy relata la visita de María a Isabel; una escena maravillosa e inolvidable; la más Grande quiere compartir con la madre del Bautista el gozo y la alegría de lo que Dios hace por su pueblo. Vemos a la Virgen que no se queda en el fanal de la “anunciación” de Nazaret  y viene a las montañas de Judea. Es como una visita divina, ya que lleva al más “grande, Hijo del Altísimo” y también al Mesías. La escena no puede quedar solamente en una visita histórica a una ciudad de Judá. Sin embargo, esa visita a su parienta Isabel se convierte en un piropo a María, “la que ha creído”. Gabriel no había hecho elogio alguno a las palabras de María en la anunciación: “he aquí la esclava del Señor…”, sino que se retira sin más en silencio. Entonces esta escena de la visitación arranca el elogio para la creyente por parte de Isabel e incluso por parte del niño que ella lleva, Juan el Bautista.

En el texto, vemos a María alabada por su fe; porque ha creído el misterio escondido de Dios; porque está dispuesta a prestar su vida entera para que los hombres no se pierdan; porque puede traer en su seno a Aquél que salvará a los hombres de sus pecados. Este acontecimiento histórico y teológico es tan extraordinario para María como para nosotros. El relato quiere mostrarnos el ejemplo de esta joven que con todo lo que se le ha pedido pone su confianza en Dios. Si no es así, la salvación de Dios puede pasar a nuestro lado sin darnos cuenta de ello. María y Dios o Dios es María son la esencia de este relato.

Hoy  en el Cuarto Domingo de Adviento la liturgia expone el misterio de Dios a nuestra devoción. Y debemos aprender sino a amarlo, porque ese misterio divino es la encarnación. Ello significa que la vida se realiza en conexiones mayores de las que el hombre puede disponer y comprender. Y es que todo lo que nosotros creemos que es lo último, en realidad es lo penúltimo; así nos sucede casi siempre. Y por eso es tan necesaria la fe. Y esa fe se nos propone en María de Nazaret, para que nos demos cuenta que el hombre que quiere ser como un dios, se perderá; pero quien acepte al Dios verdadero, vivirá con El para siempre.

El Cuarto Domingo de Adviento es la puerta a la Navidad. Y esa puerta la abre la figura estelar del Adviento: María. Ella se entrega al misterio de Dios para que ese misterio sea humano, accesible, sin dejar de ser divino y de ser misterio. Y por eso María es el símbolo de una alegría. En la Encarnación encontramos la hora principal de la historia de la humanidad. Pero es una hora que acontece en el misterio silencioso de Nazaret, la ciudad que nunca había aparecido en toda la historia de Israel. Es en ese momento cuando se conoce por primera vez que existe esa ciudad, y allí hay una mujer llamada María, donde llega Dios, de puntillas, para encarnarse, para hacerse hombre como nosotros, para ser no solamente el Hijo eterno del Padre, sino hijo de María y hermano de todos nosotros.