Burladero | El eco del amor

Amor, cuatro letras que contienen una inmensidad de emociones, de matices, de historias pasadas y presentes que tejen, como una tela de araña, el sentido de la vida y de un nuevo amanecer.

Estimado, amable y fiel lector, “El amor no es consuelo. Es luz», decía la filósofa, política y mística francesa Simona Weil en un momento de lucidez extraordinario, pues en una simple frase resume el sentido de la existencia humana.

¿Qué sería de nuestro trayecto vital sin el amor? ¿Cómo podríamos afrontar la oscuridad de los problemas, de las dudas y los temores sin un consuelo que nos eleve el alma? ¿O de qué manera hallaríamos la salida a una adversidad sin la luz?

Curiosa trinidad la del amor, el consuelo y la luz, como lo es la inmensidad de un Dios único y Trino que se resume precisamente en esa palabra tan banalizada por escritores snobs y campañas comerciales, el amor.

Pero, sinceramente le pregunto, amado lector, ¿Qué es el amor? ¿Qué entiende usted por amor? ¿Es experto? ¿Lo practica con frecuencia? El amor del alma, no ya el del abrazo, el beso o la caricia, sino el de entregarse al que más lo necesita en cada momento, el humano y solidario. Santa Teresa de Calcuta lo resumía así: “Para que el amor sea verdadero debe costar, debe doler, debe vaciarnos de nosotros mismos”.

¿Tal vez nos hemos acostumbrado a un amor postizo y automático? ¿Quizás hoy amamos por amar como quien abre un paquete de pipas frente a un estanque de patos o quien elige la camisa que vestirá al día siguiente? No lo sé, pero prefiero pensar que eso no ocurre ni sucederá jamás. Y lo pienso firmemente porque el día que se pierda el amor, lo habremos perdido todo sin excepción.

No, definitivamente es imposible. La llama, aunque tenue y pálida, sigue iluminando nuestros pasos y se resiste a apagarse. Como tampoco se extinguió cuando el hijo de Dios bajó a la tierra hace dos mil años y gritó al padre en la cruz: Padre, ¿por qué me has abandonado? En situaciones extremas, y a veces ni siquiera en ellas, es muy fácil rendirse y renegar de todo lo que somos, creemos y queremos, precisamente por nuestra condición de humanos. Pero él, Jesús, por el amor que nos tenía, y aún sintiéndose abandonado, expiró para despejar de crueldad, de dolor y de maldad el universo.

Y sí, veinte siglos después sigue habiendo tristeza, ajuste de cuentas y una amplia gama de, por decirlo educadamente, fechorías diversas que a veces no tienen siquiera un adjetivo calificativo. El maestro fue bueno, pero los alumnos no prestamos atención. Y así nos va. Muy “educados”, “muy inteligentes” y muy “avanzados”, sí. Pero hemos olvidado el mayor progreso para una sociedad civilizada, que no es más ni menos que el AMOR.