Burladero | El fin de la tempestad

Estimado, amable y fiel lector. Qué tranquilos se presentan estos días previos al verano. Nadie diría que unos meses antes se vivió se desató la tormenta dejando uno de los inviernos más complejos de cuantos se recuerdan. Pero así es el ciclo de la vida, unas veces con períodos de una calma paradisíaca, y otras con un mar agitado con visos de arrasar con todo.

Mirando el espejo de nuestras hermandades, vemos como hoy mismo hay aguas turbulentas en jornadas de nuestra Semana Santa, como ocurre en el Lunes Santo con la incomodidad manifiesta de la Hermandad del Museo y la aparente falta de empatía del resto de corporaciones.

O, cómo no, están también la falta de entendimiento entre los dos días de nuestra semana grande que se pisan los talones: El Jueves Santo y la Madrugá. Esta misma semana las cofradías del jueves clamaban por una solución que las separe temporalmente de la noche larga. Quizás haga falta la mediación de una figura neutral, con la suficiente autoridad y capacidad de diálogo para lograr una solución satisfactoria para todas las partes. Ese ente arbitrario sería, como ya habrá podido imaginar, el arzobispo.

Sabemos que nuestro prelado tiene una agenda apretada con la cantidad de procesiones, coronaciones canónicas, confirmaciones, ordenaciones de obispos y demás actos que preside semanalmente, pero sería muy recomendable la actuación de nuestro querido Angelito Coronaciones en este conflicto.

Tampoco es algo nuevo, la historia ya nos ejemplifica la mediación de los pastores hispalenses en las hermandades. Tal vez el más llamativo ocurrió hace 123 años, en marzo de 1903. Nuestro entonces arzobispo, el hoy beato Marcelo Spínola y Maestre, lograba un acercamiento de posturas entre el Gran Poder y la Macarena, entonces distanciadas por su lugar de paso en la madrugada, dando lugar a la famosa concordia que aún perdura. Llama la atención la descripción de la tensión existente entre las dos cofradías multitudinarias, como recoge en documento de dicho hermanamiento que ahora les reproduzco en algunos fragmentos:

“(…) El Excmo. Sr. Arzobispo, aceptando el expresado encargo, ha emitido su respetable opinión en dictamen suscrito en quince del correspondiente mes en el cual sin exponer una solución categórica aconseja a ambas hermandades, después de muy luminosos razonamientos, que dejando intacta la cuestión controvertida y sin hacer expresa declaración del derecho de preferencia entre ambas discutido celebren una Concordia en la cual la Hermandad de Ntra. Sra. de la Esperanza haga a la del Señor del Gran Poder cesión de su derecho de precedencia, si es que le perteneciere, mediante bases y condiciones que deberán convenirse entre ambas, indicando podría ser una de ellas que se concediera respectivamente el derecho de asistir llevando insignia y ocupando lugar en sitio preferente dando con ello una prueba de paternal unión y espíritu verdaderamente religioso (…)”.

El propio lector puede comprobar la diplomacia del cardenal Spínola para “amansar” las reivindicaciones de ambas hermandades y lograr un pacto que, en teoría, benefició al Gran Poder al pasar por Carrera Oficial antes que La Macarena, pero que por algún motivo contentó a las dos y perduró en el tiempo.

Quizá el modelo o patrón de esta concordia deba utilizarse para los desacuerdos entre dos jornadas claves como el Jueves Santo y la Madrugada, siempre con ayuda del arzobispo, quien además tiene la clave para resolver el entuerto: adelantar los oficios de la catedral. ¿Es algo usual? No. ¿Es necesario hablar con Roma? Por supuesto. ¿Es imposible? El avance de las últimas décadas en cualquier campo nos enseña que nada es imposible, y en la Semana Santa, por muy utópico que parezca, tampoco. El tiempo dará la respuesta.