Bien haríamos en seguir el camino de los miles de santos que pueblan el santoral a lo largo del año. Uno escoge un determinado día y tiene toda una lección de temáticas que nunca pasan de moda. Consejos, indicaciones, recomendaciones de aquellos que amaron a Cristo y siguieron su ejemplo: ayudar al desprotegido, cuidar de los enfermos, ser paciente, seguir la palabra de Dios…
Uno de los santos que más se potenció durante la Contrarreforma fue san Juan Nepomuceno. Murió por negarse a revelar el secreto de confesión. Él fue confesor de la reina Sofía de Baviera, esposa de Wenceslao IV. Su figura encarnaba el sacramento de la confesión, tan negado por los protestantes. Su lección de guardar silencio bien podría ponerse de moda entre todos, incluidos los que abren la boca para falsear la realidad.
He aquí un ejemplo: un señor muy cofrade, que ante la sociedad sevillana lleva una vida impoluta y que cree que nadie conoce su cara menos amable. Hace meses, cuando un periodista alababa sus benefactoras obras pensé que la falsedad no tiene límites.
Ahora que empieza a descubrirse quién eres realmente, hablas de malas lenguas. Lenguas que solo han transmitido lo que verdaderamente eres: un jeta, un señor que se ha paseado por Sevilla intentando medrar para llegar a las altas esferas donde nunca te han admitido. Has utilizado el dinero de tu pareja, pegándote la vida padre, y has visto cómo has tenido que ir vendiendo cada una de tus propiedades, porque tus cuentas están más que tiesas.
Comienza a verse poco a poco cómo la influencia que tenías va menguando porque al final, aunque cueste, la luz acaba venciendo a la oscuridad. Hace años, cuando este mismo diario donde salió una entrevista tuya recibió una cuantiosa dotación económica para publicar que habías perdido una importante suma de dinero en un juicio frente a uno de tus empleados, tú estabas detrás. No pudo hacerse realidad lo que habría sido de justicia. Por eso detesto los medios que prefieren el dinero negro a contar la verdad.
Te has apropiado de auténticas joyas que no te pertenecían, vendiéndolas a través de Todocolección gracias al perfil de un joven que cree llegar a algo estando a tu lado. El mozo bien debía conocer que le cobija buena sombra si se arrima a buen árbol. Si lo que te arrimas es a un castaño seco, lo más que puede suceder es que el poco fruto que dé sea amargo como los capítulos que tú has hecho pasar a no pocos empleados tuyos. Pero él no lo sabe, con cuatro cuadros cochambrosos a los que se les da un barniz viejo es contento y se cree Gloria Swanson en El crepúsculo de los dioses.
Has ido a juicios por impago, ¿por qué no te has presentado? ¿Por qué no tienes ninguna propiedad a tu nombre? Has levantado auténticas infamias sobre tus trabajadores, afirmando que eran borrachos, maricones. ¡Tú! Hablando de homosexualidad y despreciándola. ¡Es el colmo! ¿Cómo es posible que nadie haya publicado todo lo que en los juzgados ha quedado reflejado? ¿Dónde reside tu poder, cuando ni siquiera tu casa, tu templo, como le dices, está a tu nombre?
Que sigan bailándote el agua, sobre todo aquellos que gustan de tus aficiones, como la de despotricar de la alta sociedad e inventar parejas a unos y otros. Como el cronista que acabó metiéndose en el bolsillo a su pueblo afirmando que había aparecido una imagen destruida en la guerra civil y que no era más que una talla comprada en un anticuario. O el que veía cómo dabas a una señora doscientos euros de propina en la calle con la que habías pactado darle veinte más tarde y que te devolviera el resto.
Bien podrías actuar como Juan Nepomuceno y guardar silencio, no ir vendiendo una historia que no se cree nadie. O como el brasileño que te visitaba con una caja de herramientas para arreglar diversos problemas en casa y nunca salía de tu despacho. Tú nunca vas a contar tu verdad. Yo solo espero que lo haga el tiempo, y que tú estés vivo para disfrutar del espectáculo. Mientras tanto, sigue calladito, como el santo protector frente a las calumnias, de las que tú tanto has hecho gala. Y no hagas tantas misas. El Señor bien sabe quién eres.





