Reflexiones heterodoxas | Andrés Roig González: fotógrafo cofrade

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Falta poco menos de un mes para que dé comienzo la Cuaresma. Acaba de finalizar FITUR donde, casi todas las ciudades de España, han escenificado el espectáculo anual de la presentación de los carteles anunciadores de sus respectivas semanas santas, en lo que parece una competición por ver quién llama más la atención, a veces, con propuestas literalmente aberrantes. Una celebración en la que su engrandecimiento artístico y su proliferación de salidas extraordinarias, procesiones magnas y conmemoraciones varias es inversamente proporcional a la devoción que genera, porque parece que lo importante es el turismo y los ingresos que puede generar. Porque como, sabiamente, afirma Rafalito Zafra, “todos estamos bautizados, pero muy poco evangelizados”.

En esta columna quiero recordar la figura de don Andrés Roig González, un cofrade bautizado y evangelizado, cordobés hijo de catalán y madrileña, que sintió nuestra ciudad hasta lo más profundo de su ser, tal y como lo demostró a lo largo de su recorrido vital, realizó fotografías y carteles en los que, como él mismo decía, no dejaban lugar a dudas de que estaba retratando la Semana Santa de Córdoba.

El Vía Crucis pasando por el arco del Portillo. A la derecha, de azul, se ve la fotógrafa Olga Labrador. Por encima de ella, brazos cruzados, se aprecia al añorado Antonio Rubio, autor de la Virgen de la Candelaria, Titular de la Hermandad del Huerto. Foto: Andrés Roig.

Con sólo 14 años, abandona los patios del colegio salesiano para ingresar de “nene”, primero en los desaparecidos almacenes de Zafra Polo y, poco después, en el estudio fotográfico de su cuñado, el reconocido fotógrafo, José León, con estudio en la plaza Mármol de Bañuelos. Poco a poco, gracias a su fina percepción para mirar el entorno, a su sensibilidad, a su amor a la ciudad que le vio nacer y a ser un “tío raro”, como a sí mismo se definía, el “nene” se convierte en aprendiz y pronto se responsabilizó del cuarto oscuro, hasta lograr hacerse con los misterios del negocio, primero, de la técnica, luego, y, por fin, del arte. A lo largo de estos años de formación, nuestro artista aprendió que la fotografía es una técnica, la de saber captar la luz que reflejan los cuerpos en el espacio, pero con la que se puede llegar a la creación artística. Como él mismo afirmaba, “la fotografía es vida”, el misterio está en saber mirar.

Será la necesidad y, porqué no decirlo, la providencia las que lleven a Andrés Roig a la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos Mateo Inurria, entonces regida por el insigne sabio cordobés, don Dionisio Ortiz Juárez quien, conocedor de su formación y procedencia profesional, no duda en contratarlo como Maestro de taller de fotografía artística. Serán años de fecunda creación en los que compartirá aulas y conocimientos con artistas tan polifacéticos como Rafael Díaz Peno, autor del guion procesional de la Hermandad de la Misericordia; con orfebres de la talla de Francisco Díaz Roncero o acreditados plateros como Rafael Morales Castejón; con Morita, especialista en el vaciado en escayola; con el tallista Rafael Valverde o con pintores de la altura de Antonio Povedano y Ángel López-Obrero.

Llegados a este punto, cabe preguntarse por la Semana Santa que capta la cámara de Andrés Roig. Como él mismo afirmaba, en sus imágenes cofradieras buscaba que éstas se convirtieran en auténticos pregones de la ciudad allende sus límites espaciales. A partir de aquí crea todo un mundo en el que conviven monumentos universalmente conocidos con discretos rincones de la geografía cordobesa: patios, rejas, balcones, torres o fuentes constituyen fondos idóneos para resaltar la belleza de la Córdoba nazarena y penitente. Sus dos primeros carteles para nuestra Semana Santa los realiza en 1977 y 1978, pero no aparecen firmados por Andrés Roig, sino por Fotocolor León ya que, como el propio Andrés explicaba, las cámaras, los flashes, el material sensible y hasta el laboratorio pertenecían al negocio, por lo que era lógico que fuera la empresa la que figurara y no él.

Cartel anunciador de la Semana Santa de 1980.

Pero, volviendo a sus palabras, a Andrés le interesaba “aquello que no se mira” porque, lo habitual, es contemplar los pasos de frente, nunca por detrás, perdiéndose así numerosas oportunidades para obtener espléndidas fotografías o, simplemente, otros puntos de vista. Magnífica muestra de este modo de enfrentarse a la fotografía la encontramos en el cartel publicado en 1978, donde la majestuosa silueta del Cristo del Remedio de Ánimas se recorta con el imponente rosetón de San Lorenzo como telón de fondo o el no menos conocido cartel de 1979, ejemplo de estudio de volúmenes y texturas gracias al manejo de la luz, donde se representa el palio de Nuestra Señora de las Lágrimas en su Desamparo transitando por el arco alto de la Corredera, mientras que un público fantasmal se mueve a los pies de la Señora de San Pedro. Pero no queda ahí la cosa, un charco donde se reflejan unos nazarenos que pasan, da igual la hermandad a la que pertenezcan, o unos niños derrotados por la estación de penitencia que, sin perder el anonimato que ofrece el cubre rostros, descansan alumbrados por la luz de sus cirios… Cualquier momento, cualquier lugar era idóneo para que la inquieta cámara de Andrés fijara su atención y disparase. Córdoba y su Semana Santa. El resto no importa… O tal vez sí, tal vez haga falta volver la vista hacia adentro, hacia esos rincones que, a pesar de ser sobradamente conocidos, todavía no han sido “explotados” en toda su grandeza, como ocurre con la plaza de Capuchinos y su mundialmente conocido Cristo de los faroles, sencillez y austeridad en estado puro, pero que ofrece mil y una oportunidad al ojo inquieto como el suyo, tal y como demostró en su cartel de 1980, donde supo captar de forma magistral la magia de este paso permanente de la Semana Santa cordobesa. Frente a esta fotografía pregonera, Andrés Roig aspiraba a inmortalizar una Semana Santa convertida en poesía lumínica, porque es la luz con sus claroscuros indecisos, fugaces, vacilantes e indolentes la que da forma a este mundo en el que los sentimientos, las emociones y los recuerdos se confunden con las hojas de acanto, las vaharadas de incienso, los efímeros azahares y los rojizos atardeceres de esta Córdoba milenaria, severa y austera que encuentra en la Semana Santa la mejor y más sincera expresión de su ser como pueblo y tuvo en Andrés Roig González, a su poeta de la luz.


Foto portada: Tres jóvenes nazarenos aguardando seguir su estación de penitencia. Andrés Roig.