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El Respiradero, Opinión

Carmen, la muchacha que vio la Esperanza

Hoy pasé por tu casa y me acordé de ti. De la historia de tu vida. Aquella historia que me marcó para siempre cuando me la contaron en una tarde de niñez.

Se llamaba Carmen. Era una muchacha cualquiera del barrio de la Macarena. Apenas conoció a su padre, él murió en la guerra cuando ella tan sólo tenía dos años. Así que se crió con su madre, las dos solas en una pequeña vivienda de la calle Escoberos. La vida le había castigado cuando tan sólo con quince años tuvo que renunciar a todo para dedicar todas las horas del día a su madre. Había enfermado y estaba postrada en la cama.

Para Carmen levantarse todos los días era un penitencia. Le dolía ver como la belleza de su madre se iba apagando poco a poco. Ellas dos que eran uña y carne hasta tal punto que no podían vivir una sin la otra. No soportaba pensar que pronto tendría que tirar para adelante sin la persona que la crió. Empezar una nueva vida y cerrar las puertas de la juventud para hacerse una mujer dispuesta a afrontar la dureza de la vida.

Estos pensamientos le machaban todas las noches. Largas madrugas en vela llorando y levantándose a deshoras para intentar mitigar los dolores de su madre.

Ella no era una persona religiosa. Sólo hizo la comunión y no acostumbraba a rezar. Incluso arrebató a Dios la culpa de que su madre estuviera enferma. No comprendía de que si Dios existía porque permitía que su madre estuviera sufriendo tanto. Porque era su madre, una persona joven llena de bondad que dedicó su vida a sus padres, a su marido y en los últimos años a su hija.

Cada día que pasaba estaba más enferma y Carmen iba perdiendo la Esperanza. Pero una mañana, una vecina de la calle Relator, sabiendo lo que estaba sufriendo la chiquilla fue a visitar a ella y a su madre. Tras la visita le dejó en la mano una estampa de la Imagen de la Virgen de la Esperanza que estaba muy cerca de ellas en San Gil. Carmen la miró con indiferencia. Y la dejó al lado de la cama de su madre.

Pasados unos días, la madre de Carmen iba empeorando. Las dos sabían el triste final que la esperaba. Y al poco tiempo se apagó su vida… El dolor inundaba a la joven que no podía parar de llorar. Y en un mar de lágrimas se topó con la estampa de la Virgen de la Esperanza. Y en el rostro de la Virgen vio la cara de su madre y comprendió que ella se había ido con la Esperanza.

Carmen que no era muy creyente empezó a ver a la Virgen cuando pasaba por San Gil. Hasta que se convirtió en una rutina. Ella veía en el rostro de la Esperanza Macarena el rostro de su difunta madre. Y era Ella la que le daba fuerzas para seguir adelante sola con apenas quince años.

Empezó a trabajar en una casa de la calle San Vicente y con el pequeño sueldo que tenía era capaz de subsistir. Pero la vida le cambió cuando una tarde de tantas que iba a ver a la Macarena. Carmen sintió como la Virgen le llamaba para que estuviera siempre con Ella. Para sentir la paz interior que sentía cuando cruzaba la piedra de San Gil todos los días de su vida.

Así que con dieciocho años se hizo novicia de las Hermanas de la Cruz. Para ser lucero de Sevilla. Guarda de aquellos que tanto lo necesitan. Ángel que ha venido del cielo enviada por la Madre de Dios.

Para ser costaleras que como dijo su hijo más enamorado. Aquel que era capataz de Sevilla, Rafael Díaz Palacios. Cuando llegaba a la Gloria al ver a las Hermanas de la Cruz. “Es inaguantable, yo estoy harto de repetirlo pero no puedo con mi alma ya. Lo único que pido a Dios es que como dije el año pasado, a mi cuadrilla de costaleras porque son costaleras, como la veis aquí con su costal, su cinturón en la cintura y sus alpargatitas de esparto con las que recorren Sevilla para cuidar a los enfermos, para pedir para hacer obras de caridad, es que esto es lo más grande que nos ha enviado Dios aquí”. “Después de ver esto es como haber ido al Parque de María Luisa, tal cual, encontrarte esta rosaleda que hay aquí. Porque ellas son rosas, ellas son un perfume que te embriaga, te quiere y hay que adorarlas por fuerza”.

Y ante una Gracia Macarena en la que Dios se recrea Sevilla te da gloria y alabanza para pedirte Macarena de tu amor mi Esperanza. Y allí en el barrio que te guarda mandaste a una rosa que Carmen se llama para ser tus manos y tu mirada en el pobre que te reza y en el enfermo que a Ti se agarra.

Y en el día a día de ahora esta octogenaria recuerda a su madre cuando atiende al desamparado en su cama para darle Esperanza. La misma que apareció cuando murió su madre, la misma que aparece cada mañana de Viernes Santo cuando se arrodilla en el convento y recuerda aquel momento en que descubrió la Esperanza.

Carmen veía la Esperanza en el rostro de su madre. Y yo veo la Esperanza en el rostro de las Hermanas de la Cruz. En aquellas que dan su vida por los que ni siquiera sienten esperanza.

Y también veo en la Virgen de la Macarena una Hermana de la Cruz. Una sevillana que tiene el rostro cansado de atender nuestras plegarias. Aquella que tiene belleza sobrehumana y divinal de una Mujer que ha bajado de la gloria para hacerse sevillana y tras un arco traer consigo la Esperanza.

Porque eres Madre nuestra razón de existir, viveza de nuestras almas cuando pasas y te quedas, siempre en nuestros corazones para sentirte cerca. Entre el clavel y las esmeraldas de tu gracia Macarena nuestras vidas se entregan a Ti porque no a mi mejor forma de vivir que sabiendo que con nosotros está la Esperanza. La misma Madre de Dios. Aquella de detrás de San Gil y que se hace humana en Santa Ángela.

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