Hace unos días pude comprobar la verborrea suelta y libertina sobre la Navidad de una conocida humorista que desde hace varios años presenta un programa de escaso gusto y menos respeto por sus espectadores, entre los que no me hallo, afortunadamente.
Esta señora, a la que tengo especial afecto por el mérito que tiene hacer reír (nada fácil, debo precisar), se despachó a gusto afirmando que la Navidad era al fin y al cabo «un invento de los centros comerciales»; rematando la faena con otra sentencia de la misma bajeza: «igual que la Semana Santa o los carnavales».
Puedo entender que, siendo además andaluza y respetuosa con nuestras tradiciones (y me consta que lo es), este comentario fue fruto de una desafortunada forma de expresión.
El hecho de comprender su error, no significaba para nada que lo apruebe. Primeramente porque es incomprensible que meta en un mismo saco (en este caso la simple estrategia comercial o el dichoso marketing con el que nos ponen la cabeza como un bombo cada día del año) fiestas tan sumamente dispares como la Semana Santa y los carnavales. Es de una frivolidad y de una incultura tan inmensa que sinceramente espero unas disculpas por su parte, porque atenta directamente contra los sentimientos religiosos de millones de personas.
Evidentemente, este comentario vuelve a atentar contra el único significado que tiene la Navidad, el nacimiento del Señor. Todo lo demás, como dice esta señora, es marketing. Y digo bien. Todo lo demás. Que, obviamente, no es Navidad.
Sí, querido lector. No solo podemos indignarnos solamente por el colapso en el sistema sanitario, la falta de contratos a los trabajadores de la feria o el alto número de desempleados en España. Los cristianos tenemos que luchar por nuestra fe, y defenderla hasta el último aliento. Y no escucho a nadie levantar la voz contra el uso materialista y totalmente mundano y banal que hace gran parte de los medios de comunicación, empresas e ayuntamientos de nuestra Navidad.
Esta fiesta solo puede entenderse como el Nacimiento de Cristo; nada más. Y quien quiera darle otro sentido, es libre de hacerlo; pero sin llamarlo Navidad. Se nos llena la boca de pedir tolerancia en la calle, pero para católicos solo hay incomprensión y mofas. Y exactamente igual de extrapolable es a la Semana Santa.
El respeto es la base de todo sociedad y convivencia. Y sin empatía y comprensión por el sentir de la otra persona, es imposible respetarse y mantener un entendimiento. Y este servidor no ve ningún tipo de consideración por nuestra religión en este tiempo (incluso diría que en ningún otro del calendario). ¿O ustedes sí? ¿Realmente aprueban un puñado de luces con campanitas o arbolitos pero sin ningún referente al belén? ¿Les gusta el matiz consumista que se le da al portal y las figuras, expuestas en una sección de unos grandes almacenes como un mero elemento decorativo más de estas fiestas?
Todo eso es la mal llamada Navidad para los sectores que tiene el poder, para los que toman decisiones en este país. Creo que ya es necesario que se entierre la hipocresía, y se actúe con coherencia. Hace unos años, sin ir más lejos, Izquierda Unida proponía en el Ayuntamiento de Sevilla llamar a la Navidad Fiesta del Solsticio de Invierno; y llevaba mucha razón. Para darle a la Navidad un sentido totalmente distinto al que tiene, mejor llamarla de otra forma por las diferentes instituciones. Para la iglesia y los creyentes, por el contrario, seguirá teniendo el mismo nombre porque le damos su auténtica concepción.
Se trata, en definitiva, de ser consciente de las burradas que se dicen y hacen contra el verdadero fin de la Navidad. Esto es, al fin y al cabo, un reflejo de la sociedad esperpéntica en la que vivimos; y del país de pandereta que consentimos. Es un buen momento para cambiar esta perspectiva y reclamar lo que nos pertenece, la fiesta más bonita del año que está dedicada única y expresamente al Nacimiento del Salvador. ¡Feliz Navidad!





