Córdoba, El Cirineo, 💙 Opinión

Como para pensar en una Madrugá…

Estamos a menos de dos semanas para que comience la Semana Santa de la revolución. No se me asusten, no les hablo de manifestaciones filocomunistas contra el traslado de la Carrera Oficial o la presunta “privatización de la fiesta” (como si esto fuesen los toros, con perdón) aunque a estas alturas tampoco lo descarten, visto cómo se las gastan determinados personajillos, miren la que liaron los de la CUP (mismo perro con distinto collar) en cierta sede del Partido Popular en Cataluña hace tan sólo unas horas. Sin embargo, esta revolución promete gozar de una intensidad muy acusada. Una revolución que se traduce en un buen número de incertidumbres derivadas de la multiplicidad de cambios y de la enorme cantidad de novedades que tenemos los cofrades por delante a las que tendremos que irnos adaptando paulatinamente. Los nuevos horarios e itinerarios, si dará tiempo a verlas todas fuera de la Carrera Oficial (la cosa se complica con las cofradías de la orilla sur del río), la influencia que el nuevo itinerario común tendrá en las cuadrillas y su castigo (no olvidemos que la Carrera Oficial tiende hacia arriba en la mayor parte de su trazado camino del Patio de los Naranjos y que muchas cofradías deberán optar por calles como San Fernando, también en sentido ascendente, para regresar a sus templos), si habrá o no rebelión entre los penitentes del Rescatado y si será precisa una carga policial para dispersarlos (admítanme la broma… espero) y si los cortejos se verán drásticamente reducidos por mor del evidente incremento de distancia y tiempo en la calle, lo que unido a la exasperante forma de andar de casi todas las cofradías cordobesas y la incompetencia manifiesta de muchos de los responsables de poner a las cofradías en las calles, hacen temer a más de uno que el número de nazarenos se vea reducido drásticamente.

Me cuentan en este sentido, que hay cofradías que han visto reducidas sus papeletas de sitio a cifras cercanas al 50% respecto al año previo lo que arrojaría cifras dramáticas, que hay quien se ha sacado de la manga la figura del nazareno que sale pero que ni siquiera es hermano (y esto sí que no es broma, fíjate tú, Carlos Lara) para paliar su grave escasez e incluso que determinadas cofradías de rancio abolengo no llegan a estas alturas a los 180 nazarenos. Y la alarma ha comenzado a sonar con fuerza en las casas de hermandad y a cundir el pánico entre los miembros de la diputación mayor de gobierno de más de una corporación, que intentan tragar saliva imaginándose el día de salida repartiendo atributos a diestra y siniestra sin solución de continuidad, como el que reparte caramelos. Ya sé que alguno pensará que exagero, pero ya les anticipo que si el año pasado hubo quien se quedó en casa con un riesgo de lluvia prácticamente inexistente porque su número de nazarenos (o lo que sea) se había minimizado tendiendo a cero, de confirmarse las cifras absurdas que algunos manejan, me da que más de uno va a estar deseando que «se mee un pajarito» para tener la excusa perfecta para no hacer el ridículo.

Y la solución no es fácil; ni rápida. En esta bendita ciudad hace años que algunos venimos avisando que no existe cultura de nazareno y que ésta no se potencia en absoluto (sálvese quien pueda) por parte de quienes deberían asumir esa responsabilidad, porque salvo pruebas fehacientes en contra, las exaltaciones no han arreglado absolutamente nada. Tenemos cortejos formados por niños y adolescentes, tal vez universitarios y pare usted de contar. Nazarenos que “salen para echar un rato”, “pasarlo bien entre colegas” y poco más, sin mayor conocimiento o interés en lo que significa vestir la túnica porque ni padres (la mayor parte de los cuáles jamás se ha vestido de nazareno y/o considera hacerlo un juego más, propio de la edad y con fecha de caducidad), ni juntas de gobierno y mucho menos consiliarios o directores espirituales, que rara vez han perdido ni un segundo de sus ocupadísimas vidas en explicarles a sus nazarenos el sentido que encierra serlo. Invertir tiempo en presentar carteles, convocar a miles de pregones (con miles de denominaciones diferentes), conciertos de marchas y otros saraos similares que frecuentemente culminan frente a la barra, de eso lo que queramos, pero de organizar cursos de formación para el cortejo de nazarenos o campañas de captación para incrementarlo, nada de nada. Cursos que sí veo con envidia en la ciudad de más abajo del Guadalquivir sin que nadie desde aquí tenga la ocurrencia de copiarlos, enfrascados en copiar decenas de cosas intrascendentes.

Curiosamente hace tan sólo unas horas, y les juro que no ha sido premeditado, la Hermandad de Los Gitanos ha dado una auténtica lección al respecto, de la que mi compañero José Barea les ha dado buena cuenta, «lanzando una campaña para concienciar a los hermanos de la forma correcta en la que se ha de realizar estación de penitencia, explicando de forma muy didáctica, a través de un vídeo, las normas para vestir el hábito nazareno, así como comportamientos a evitar, en un proyecto de formación que la corporación de la Madrugá hispalense tuvo a bien llevar a cabo, dado el análisis realizado por la Comisión de la pasada Estación de Penitencia», profundizando en la importancia de ser nazareno. Mientras tanto, «al pie de Sierra Morena… en la tierra de Julio Romero«, nada de nada.

Y así nos va, con cortejos cada vez más exiguos, condenando a la potencial desaparición a algunas de nuestras cofradías (llámenme agorero si quieren) y ojalá me equivoque. No me malinterpreten, la Catedral no tendrá la culpa, únicamente ayudará a ahondar en esta alarmante tendencia, profundizando en el mayor problema de la Semana Santa de Córdoba, que no es ni que los costaleros se repitan o tripitan en tres o cuatro cofradías o que aún haya bañeras por las calles a los que algunos llaman pasos, ni siquiera que el capataz x haya sustituido al capataz y, sino éste, la composición ridícula, en cantidad y en calidad, de nuestros cuerpos de nazarenos. Mientras no seamos capaces de entender que éste es el verdadero meollo de nuestras miserias, el auténtico sumidero de nuestros sueños de crecimiento, el mayor hándicap de nuestra Semana Santa, estaremos condenados al fracaso, y a tener una Semana Santa de segunda o tercera, por más sayas, túnicas o mantos bordados que estrenemos, por más novedades musicales que nuestras bandas preparen y por más Catedral que nos llevemos a la boca. Como para pensar en una Madrugá…

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