Córdoba

Cómo vivir una Cruz de Mayo con sabor cofrade

La ciudad de Córdoba ya vive con plena intensidad una de sus citas festivas más importantes de su calendario de celebraciones, la fiesta de las Cruces de Mayo. Una celebración con una raíz religiosa que en la ciudad de San Rafael ha sido potenciada, y en buen medida sustentada por las hermandades cordobesas, auténticas dinamizadoras de una celebración que sería imposible de comprender sin su participación y que probablemente habría desaparecido sin su incorporación masiva hace algunas décadas, como medio de financiación, qué duda cabe, pero también como forma de preservar una de las fiestas más importantes de Córdoba, frecuentemente minimizada por los poderes públicos frente a los archipublicitados patios.

En 2018, nada menos que 27 de las 48 cruces de mayo que trufan el plano de Córdoba son puestas por corporaciones penitenciales o lefíticas por lo que si usted es cofrade o le gusta la Semana Santa, esta es una ocasión excepcional para colaborar con la economía de las hermandades, ayudando a dar contenido a su importante obra social, sistemáticamente olvidada por quienes sacan a colación que las cruces de mayo llevan aparejada una barra, y la conservación y el engrandecimiento de ese patrimonio que cada año posibilita que la Semana Santa de Córdoba cada año brille con mayor intensidad.

Cualquier de estas jornadas de fiesta, usted puede comenzar su ruta por la Plaza Tierra Andaluza, donde las Hermandades de San Francisco montan conjuntamente una cruz de mayo que ha sido premiada en los últimos años, para buscar en la Plaza de San Pedro la de la Misericordia, en la Plaza de las Cañas, la de la Hermandad del Calvario o la del Socorro en la Plaza que lleva el nombre de la Reina de la Corredera. Posteriormente, puede usted pasear por la zona de San Lorenzo y San André. Precisamente en la Plaza de San Andrés, las Penas de Santiago pone su cruz de mayo, mientras que la Esperanza hace lo propio en el Cine Olimpia (Calle Zarco), el Buen Suceso en la Plaza del Poeta Juan Bernier y la Hermandad de San Rafael en la Calle Roelas. Al final de esta ruta, podrá encontrar las cruces del Cristo de Gracia, en la plaza que lleva el nombre del crucificado indiano y en la calle Pedro Gámez Laserna, la de la Merced.

Camino de Santa Marina, encontrará la cruz de Jesús Nazareno, en la Plaza del Padre Cristóbal y la de la Borriquita en la Plaza de San Agustín, camino del entorno de Santa Marina, donde reina la cruz del Resucitado, en la Plaza del Conde de Priego, bajo la atenta mirada de la estatua de Manolete y frente a ella la de la Expiración, en la Plaza de Santa Marina, junto a los muros del templo fernandino. Los cofrades de la Soledad le esperarán en la Plaza de la Lagunilla y los del Caído en la Plaza de la Flor del Olivo. Más tarde, si continúa con ganas de fiesta, podrá caminar hacia Capuchinos y la zona Centro, donde la cruz de Bailío, la Paz y Esperanza, ocupa un lugar de privilegio y muy cerca, la de los Dolores, en la Plaza de Capuchinos y la del Císter en la Plaza del Cardenal Toledo, sin olvidar la del Prendimiento que se sitúa desde hace años en el Cine Fuenseca.

Y desde ese enclave privilegiado, podrá dirigirse hasta el centro de la ciudad, en el que le esperarán otras cruces señeras, como las de la Buena Muerte en la Plaza Ignacio de Loyola, el Via Crucis en la Plaza de la Trinidad, la Santa Faz en la Plaza de la Compañía, la Sentencia en la Plaza de San Nicolás y junto a la Catedral, la del Sepulcro, al pie del Triunfo de San Rafael. El recorrido festivo no puede concluir sin rendir visita a las dos cruces que participan en el concurso que se hallan en las zonas del extrarradio, la de la Sagrada Cena, en la calle José Dámaso “Pepete” y la del Cristo del Amor, en la Avenida de Fray Albino, sin olvidar la fiesta de la Cruz que celebra la O junto a la Parroquia de la Aurora los días 28 y 29 a abril, o la Conversión, los días 27, 28 y 29, tras la iglesia del Rosario, en Electromecánicas, que, pese a estar fuera de concurso, también son cofrades.

27 cruces para colaborar con una treintena de hermandades, con su mantenimiento y con el de su obra social. Una ocasión excepcional para demostrar que ser cofrade no es solamente llevar una medalla, una corneta o un costal, y que se puede respirar el incienso, entre música de sevillanas y el aroma de las flores.

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