Completamente vendidos

El mundo ha cambiado. Esta es una verdad inexorable. Por más que intentemos seguir viviendo en esa ensoñación perpetua que nos hace creer que estamos protegidos de todo mal, la descarnada realidad demuestra que esa presumible seguridad se difuminó de entre nuestros dedos hace ya mucho tiempo. El tristemente célebre ataque contra las Torres Gemelas que abrió este terrible siglo que vivimos, se convirtió para muchos de los que habitamos lo que algunos siguen llamando primer mundo en la frontera ficticia, en la metamorfosis metafórica de la adolescencia a la madurez, así de sopetón, sin pasar por la casilla de salida. Nos creíamos seguros, protegidos, libres, invulnerables y de repente fue como un aldabonazo que nos dejó a casi todos aturdidos y fuimos de repente conscientes de que ni estábamos seguros ni protegidos ni éramos invulnerables y muchísimo menos libres.

Ya habíamos comenzado a vivir el horror a las puertas de nuestro paraíso con la guerra de Yugoslavia de la que miles de imágenes llegaban, con escenas tan sumamente parecidas a nuestros barrios que el terror comenzó a instalarse en nuestras entrañas imaginando si algo así podría algún día llegar a vivirse en nuestras calles. Luego llegaron las guerras en las que nos vimos inmersos, metidos de lleno, y el atentado de Londres y el de Madrid… ¿cómo olvidarlo?. Y súbitamente vimos que todo ese palacio de cristal en el que habíamos forjado nuestra existencia se hacía añicos, derrumbándose como un castillo de naipes. Y llegó el terror de Estado islámico, su sadismo sin límites y sus matanzas indiscriminadas en las que ni los niños estaban a salvo y algunos terminamos por convencernos de que el mundo se había convertido en un infierno, cuando en realidad nunca había dejado de serlo. Ahora que se cumplen 100 años de las apariciones de Fátima muchas veces me pregunto si aquellos secretos apocalípticos realmente no terminaron por hacerse realidad. 

Y en este mundo miserable en el que vivimos intentamos seguir desenvolviéndonos como si nada hubiese ocurrido, como si todo estuviese en el mismo punto, negándonos a asumir la evidencia de que todas creencias penden de un hilo y seguimos sorprendiéndonos de que esta Iglesia que tanto bien hace por el mundo que le rodea, siga siendo objeto de una despiadada campaña para destruir su imagen amparándose en canallas que la matan lentamente desde dentro, como si el resto de la cristiandad tuviese la culpa de que esas ovejas negras conviertan en cáncer todo lo que tocan. Y nos siguen sorprendiendo los continuos ataques a nuestra fe, a nuestras imágenes devocionales, y que haya tantísimo ser despreciable que odia todo aquello que representan nuestras convicciones, cuando nadie seria capaz de negar que el odio se ha instalado en nuestra sociedad o acaso nunca dejó de estar enraizado en su más profunda esencia. Hoy se multiplican las noticias de robos a iglesias y a hermandades, de amenazas que propugnan nuestra destrucción, de insultos, ataques físicos y muchos otros sucesos que paulatinamente han dejado de ser excepcionales para convertirse en ordinarios.

Y algunos siguen sin querer darse cuenta de que estamos completamente vendidos, expuestos a cualquier cosa, porque del mismo modo que es imposible proteger a la sociedad, por muchas fantasías que nos quieran hacer creer, de este terrorismo de nueva generación en el que cualquiera de nosotros puede ser objetivo de los asesinos, porque es imposible poner un policía 24 horas al lado de cada uno de los ciudadanos que componen este mundo, es completamente imposible proteger todas las imágenes devocionales o todos los templos. Los ataques continuarán produciéndose y se irán incrementando y la única opción factible pasa porque las hermandades que puedan multipliquen sus medios de seguridad para intentar paliar en la medida de lo posible sus consecuencias, aun sabiendo que se haga lo que se haga siempre será insuficiente, siempre habrá una iglesia en algún rincón más o menos perdido de nuestra geografía, que estará sometida a que cierta gentuza atente contra su integridad.

Lamentablemente no tengo la solución mágica, no sé cuál es la respuesta a este desafío, y probablemente no exista la solución perfecta. Lo que sí sé es que la única forma de comenzar a encontrarla es asumir que existe un problema de muy difícil solución. No sé si a estas alturas podemos reducir lo que está ocurriendo a simplemente una cuestión de educación o va muchísimo más allá, como desconozco si con educación se puede revertir esta situación deplorable en la que nos encontramos. Pero lo que no podemos es seguir negando la evidencia. Episodios de negación que estamos viendo cómo se reproducen en las últimas semanas en las que nos quieren hacer comulgar con ruedas de molino, hacernos creer que lo ocurrido en la pasada Madrugá sevillana no estuvo organizado, aportando múltiples pruebas perfectamente desmontables, como si fuesen verdades absolutas.

Quieren hacer creer a la masa borreguil y adormecida que todo fue casual, que una pelea entre dos individuos provocó el desconcierto, el miedo y decenas de avalanchas multitudinarias por todo el centro de Sevilla que pudieron causar una tragedia de proporciones bíblicas. Lo ocurrido es culpa de que unos cuantos chicos se pasan con el alcohol, así de simple y de estúpido, todo para intentar seguir alimentando esa absurda ilusión pueril de que vivimos seguros, de que nadie nos odia, de que no quieren acabar con nosotros, en sentido figurado o no… hasta que un año de estos haya que lamentar desgracias personales y entonces, tal vez entonces, alguien esté dispuesto a decir la puñetera verdad.

Mientras sigamos negando las evidencias que se multiplican a nuestro alrededor seguiremos lejos de encontrar una solución, seguiremos siendo un blanco fácil. Muchos se preguntan por qué los judíos no huyeron de la Alemania Nazi cuando estuvieron a tiempo, sencillamente porque no podían imaginar lo que se avecinaba y, aun cuando comenzaron a producirse los primeros ataques, siguieron pensando que se trataba de hechos aislados y descoordinados, hasta que fue demasiado tarde. Mientras no seamos capaces de ser conscientes de que todos los que formamos parte de esta forma de vida somos objetivos a destruir por arte de múltiples enemigos seguiremos estando peligrosamente cerca de que vuelva a ser demasiado tarde.

He dicho