Como cabe esperar de la fecha en que se cumplen cien años del nacimiento del que muchos aún consideran el torero más grande de la historia, la Córdoba natal de Manuel Rodríguez Sánchez se encuentra actualmente homenajeando a la eternamente recordada figura del toreo con una exposición con la que se reafirma la constante y simbólica presencia de quien fuera apodado Manolete.
Por supuesto, la Córdoba Cofrade no ha podido pasar por alto una ocasión de estas características y ha querido sumarse a dicho aniversario aportando sus propios y preciados recuerdos. Unos recuerdos convertidos en valiosos tesoros que corroboran el estrecho vínculo del admirado diestro con las hermandades cordobesas, entre las que destacan la de Jesús Caído – cuya historia en relación con el torero recordábamos ayer – y la del Resucitado, por ser esta la de la parroquia y el barrio de los toreros, como parece confirmar la esbelta figura de un Manolete inmortalizado en monumento.
Sin embargo, no sería justo obviar la relevancia de la Virgen de los Dolores en la vida del matador de toros que tanto la veneraba y, como muestra de esa reciprocidad, la cofradía de San Jacinto anunciaba hace unos días que para la mencionada exposición cedería el estandarte de la Señora de Córdoba, una valiosa pieza patrimonial con historia, pues estuvo presente en unos momentos tan duros como los que se vivían durante la capilla ardiente tras la grave cogida que puso fin a los días del aclamado Manolete.
Por todos es conocido el fervor del torero hacia Nuestra Señora de los Dolores, hecho que se evidenciaba con su pertenencia a la célebre corporación y con la fotografía de la dolorosa por excelencia de la ciudad califal, la cual llevaba consigo en sus viajes y presidía el improvisado altar que el diestro disponía en la habitación del hotel en que se hospedase. Allí, como vemos en las fotografías, Manolete elevaba sus oraciones a la Santísima Virgen, poniéndose en sus manos en los tensos momentos previos a las corridas de toros que él protagonizaba y que los amantes de la tauromaquia no podían pasar por alto.
Muy comentados han sido los hábitos del torero, que se han ido narrando en una multitud de ocasiones hasta transformarse en una tradición que, a su vez, ha hecho que las generaciones posteriores imaginen infinidad de veces a un sentido Manolete rezando frente a la Virgen de los Dolores. Para llegar a Ella, el torero subía por un lugar tan rebosante de cordobesismo como es la emblemática Cuesta del Bailío, punto que, como bien sabemos nos obliga a encontrarnos de lleno con el popular azulejo de la venerada Señora. Lejos de pasar de largo, el inigualable matador se detenía frente al retablo cerámico que retrata a la inconsolable dolorosa de Juan Prieto para mirarla fijamente el tiempo que él, en su fuero interno, estimase oportuno.
Este procedimiento no respondía a otra cosa que a una necesidad sembrada por el profundo respeto y desgarro que la Virgen de los Dolores ha suscitado a lo largo del tiempo en la sociedad cordobesa en general y en Manolete en particular, quien reconocía que era menester “entrenarse” antes que entrar decididamente al templo que custodia la Señora de Córdoba desde su privilegiado camarín, donde se alza majestuosa, con la cabeza alta y una mirada baja con la que parece contemplar a los incontables fieles que, en toda su historia, han recorrido la blanca Plaza de Capuchinos en eternas filas a la espera de rezar ante Ella.
Una prueba más de la devoción del matador de toros más notable de la historia hacia la Virgen de los Dolores quedaba bordada en el magnífico e imprescindible capote de seda y oro en el que llamaba la atención el busto de la afligida Señora, que para él hiciera las veces de escudo, interponiéndose entre su vida y la amenaza constante que representa la azarosa y arriesgada profesión del torero.
Para recordar al diestro de excepcional elegancia, hace apenas un par de meses, San Jacinto se convertía en el escenario de una misa homenaje a Manolete, donde los asistentes recibían el cobijo y la protección de la Virgen de los Dolores a la que Manuel Rodríguez Sánchez rezó por última vez el 14 de julio de 1947, fecha en la que, al igual que otros muchos cordobeses, acudió a una misa con el festival taurino benéfico que se estaba preparando en mente y, probablemente, sin imaginar lo cerca que estaba de recibir, en realidad, el cálido y maternal abrazo de la Señora de Córdoba.

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