La vara del pertiguero, Opinión

Contra las vaciedades

Son tiempos de activismo social y político, tiempos que campan entre lo brusco, lo sutil y lo abúlico, tiempos de querer, no poder y postergar lo postergable. Son tiempos en que desde la tribuna o el megáfono se precipitan soflamas enervadas. También son tiempos de rellenar las columnas de los periódicos de críticas airadas, afiladas y desapacibles, lanzadas a órdago contra unos y otros sin mayor consideración que la ofrecida por la tremebunda lucha de clases. Tiempos donde, con diciembre de la mano, se conjugan las ansias de consumir o el anhelo de hacerlo cuando, por el propio rigor de la existencia, no es posible gastar tanto como nos gustaría.

En esos tiempos mundanos, triunfo de lo banal y efímero, aparece un año más el recuerdo indeleble del Adviento, lapsus inserto en tal caótica realidad que nos invita a la reflexión y al discernimiento, a la esperanza y al cambio. El Adviento es esa llamada de atención que Dios nos hace para atraernos a sí y convertirnos en hombres nuevos. Un preámbulo necesario que culminará con la Semana Santa que nosotros, los cofrades, celebramos fervientemente. Un preámbulo que se caracteriza por la espera, muchas veces tan larga que parece desanimarnos hasta el punto de abandonarla y obviarla.

Un tiempo de conversión, bendita frase que, desde hace semanas, venís soportando en mis artículos. Sin embargo, resulta imposible negar la evidencia y ocultar la verdad latente de nuestra fe. La conversión, como compañera tanto del Adviento como de nuestra queridísima Cuaresma, es el único camino que nos libera de las asperezas señaladas al comienzo y que permite renovar positivamente el carisma del mundo. Por tanto, es una palabra seria, tan seria como aquellas que dirigió Dios a Jeremías (Jer 1,10):

[…] hoy te establezco sobre pueblos y reyes,
para arrancar y arrasar,
para destruir y demoler,
para edificar y plantar.

El contexto en que fueron dichas justifica su rigor. Como resumen, valgan las palabras del mismo Dios: «Siguieron vaciedades y se quedaron vacíos» (Jer 2,5c). Nosotros vivimos en esta vorágine desconsolada de penas, responsabilidades, agobios, desilusiones, desesperanzas… Un sentimiento trágico de la vida que supera, bajo mi punto de vista, el maravilloso ensayo que escribiera Miguel de Unamuno allá por el siglo pasado. De ahí que sea fundamental arrancar, arrasar, destruir y demoler para seguidamente edificar y plantar algo nuevo, un nuevo ser que desprecie las modas actuales, caducas por sí mismas, y que decida apostar por él.

Esta es otra buena definición de conversión, es decir, la de ser definitivamente un hombre. En el día a día encontramos ocasiones propicias para alcanzar este fin. Momentos de bondad, generosidad, entrega desinteresada, comprensión, convivencia… Situaciones que fomentan la construcción y desmantelan el modelo pernicioso que se vende o se intenta vender. Para nosotros, todas esas acciones son muestras de caridad fraterna que son equiparables a fuentes de agua en el desierto.

Sin embargo, el cristiano sabe que «No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4,4b), de modo que aquellas muestras de afecto, desapegadas de su raíz mismas (es decir, el Señor), acaban siendo pequeños brindis al sol. Igualmente ocurre al contrario, como nos dice la Escritura: «La fe sin obras está muerta» (Sant 2,26b), en donde se colige la obligatoriedad de vivir según lo que se cree. En definitiva, Jesús resume todo de la siguiente forma: «No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos» (Mt 7,21).

A modo de conclusión, aprovechemos estos días para buscar la voluntad del Padre, lo cual nos conducirá a llenar ese vacío del que muchos adolecemos. En primer lugar, tenemos que reflexionar sobre nuestra propia vida y las circunstancias que la rodean. Acto seguido, hemos de ser valientes, analizar nuestro interior y descubrir cómo somos realmente. Por último (pese a no ser por sí el último de los pasos posibles), hemos de reconsiderar todo lo anterior bajo la luz de Dios y de su Palabra (esto es, Cristo), rogando el auxilio del Espíritu Santo, quien revela hasta lo más oculto y es fuente formidable de discernimiento. Así, y solo así, sacaremos rédito espiritual de este tiempo de espera y estaremos dispuestos a abrazar la conversión sincera de nuestras vidas.