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El Capirote, Granada, Opinión

Cristianos perseguidos

Los ochocientos años de la Orden mercedaria han dejado procesiones extraordinarias, triduos e incluso exposiciones donde se ha recogido el reflejo de una Orden que nació con el objetivo de rescatar a los cristianos cautivos. Se han sumado conferencias, mesas redondas, debates… pero sin duda uno de los actos que más ha llamado la atención sucedió en Granada hace escasamente unos días.

La Virgen de la Merced fue trasladada hasta la parroquia de la Magdalena, donde aguarda en Señor de Granada, quien la semana anterior recorrió las calles en conmemoración del tercer centenario de la hechura y bendición de una obra sin la que no se entendería la devoción popular de la ciudad nazarí. Allí se reencontraron la Orden de la Merced y la Orden de la Trinidad, unidas en una vigilia por los cristianos perseguidos, oficiada por los Padres Trinitarios.

Este acto, que unió a las dos Órdenes redentoras, no ha tenido un eco tal en los medios como lo hubiera conseguido una procesión extraordinaria, a las que tanto nos hemos acostumbrado últimamente. Sin embargo, alejados del bullicio, los flashes, los vivas impostados que estallan en cada esquina, la hermandad del Nazareno ha encontrado el modo de reencontrarnos con la Granada íntima, la más auténtica, en una vigilia que recuerda el principio mismo de la Orden.

A veces nos quedamos con el escudo, sin ir más allá, enfrascados en la anécdota o la última marcha. Con la vigilia en la Magdalena, desprovistos de cualquier artificio, la vigilia viró hacia el origen, los principios que a veces olvidamos. La persecución de los cristianos no ha cesado por mucho que los medios de comunicación no ofrezcan la situación que se vive en países como Etiopía o Afganistán, donde son eliminados del mapa.

Pero ahí siguen. Ellos acuden a la iglesia, rezan, viven en comunidad, hacen frente a las amenaza, a pesar de vivir continuamente perseguidos por distintos grupos terroristas. No conocen la Semana Santa, ni las marchas, ni siquiera han visto un paso en todos sus días. Sin embargo dan su vida por Dios, mientras que aquí, conocedores de la Semana Santa, su influencia, la historia, ¿nos está sirviendo tanto como predicamos? ¿cuántos seguiríamos afirmando que somos creyentes? ¿Por qué hemos permitido que ese miedo, en una sociedad libre y democrática, se aprisione de nosotros y omitimos defender a Dios en determinados momentos? ¿Cuántos cofrades llevan años sin ir a misa a sabiendas de que sin Iglesia las hermandades no serían más que puro artificio? ¿Somos realmente seguidores de Jesús? ¿Vivimos en comunidad solo cuando acudimos en el ambigú que organiza la hermandad? ¿O en las cruces de mayo?

No estaría de más, como hicieron la Merced y el Rescate, buscar los principios, pedir, en este caso, por todos aquellos perseguidos, fomentar el amor a Dios y luchar por nuestras creencias. Porque revelándonos como seguidores de Cristo podremos seguir asentando la Iglesia en nuestra sociedad, enfrentando los miedos que nos acechan en una sociedad cuyo futuro cada vez es más incierto.

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