Eran algo más de las seis de la tarde. El viento había amainado y el cielo se mostraba más favorable que en días anteriores. En ese momento, la Matallana era un hervidero y la Schola Cantorum entonó el himno a Jesús Nazareno. Ahí fue cuando el Terrible salió por las puertas de San José. Ahí Puente Genil y su Mananta rubricó una nueva página de su historia.
El Carmen de Salteras estaba preparado y lanzó al viento sus primeras notas. Al final, fueron muchísimas marchas, todas hermosísimas y sugerentes. «A ti, Manué» sonó al llegar el patrón a la presidencia. No hubo entonces palabras, sino solo corazones que brindaron vivas. Con aquel señorío y majestad que irradia únicamente el Hijo de Dios, cruzó la calle, seguido por Nuestra Señora de la Guía, rodeada con un blanco campo de flores y velas rizadas, las cuales competían con su azulado manto. La cadencia de su paso reflejaba la soberanía de una Madre coronada por el amor de aquellos hermanos que la llevaban.
Todavía lucía el sol en el cielo pontanés cuando apareció la Reina de los Ángeles. «Como tú, ninguna», y con razón, tocó Salteras. Antes, a la salida de San José, fue «La Sangre y la Gloria». La seráfica imagen conquistaba cada centímetro del suelo bajo ese techo de palio de cajón adornado con el Cristo de San Francisco. Las Angustias la siguieron con Nuestro Padre Jesús tanto en sus brazos como en los acordes de la música, extendiendo las hechuras de un nuevo y extraordinario Viernes Santo por el centro de la ciudad.
Ya vacilaba el sol y la cera se tornaba amarillenta cuando llegó la Soledad. El marcado compás de sus hermanos se revestía con una «Soleá» sevillana. Pero mucho antes, en la Constitución, fue recibida con saeta cuartelera y el «Recuerdo» de Cejas y Arcos. Más de un fiel manantero iba henchido de gozo ante tal Madre del Amor al pasar con ese sonoro repicar de sus varales.
Las Lágrimas, con la marcha homónima de Rojas Guisado, pasó entre susurros inmaculados y de cruz estolada. La noche estaba cayendo, y la Madre del Sepulcro dio paso a la Señora del Consuelo a pulso de costal. Laserna tiñó de clasicismo sus andares. Y fue al cruzar la Estrella cuando se tornó en «Jerusalén» toda la calle.
Demasiado que decir en tan poco espacio. Muchísimo que admirar en tan breves palabras. Cada marcha recreada, cada bambalina mecida, cada flor destilada por la dedicación de sus fieles merecía contar, a la vez, su historia. Si la Vera Cruz caminaba solemne, el Amor tremolaba sin querer abandonar su calzada. Si la Esperanza ensanchaba la vía, el Rosario la rompía con sones de Triana.
La sobriedad de los Mártires se tildaba con la blancura de la Alegría y su crepitar macareno de la Madrugada. Los Dolores era un templete pontanés, la Victoria un jardín donde solo caben avemarías. Caminó brevemente hacia atrás para coger ese impulso que lleva a la gloria, mientras la Amargura avanzaba entre oro y grana. No faltó quien creyó ver latir sobre el pecho de sus hermanos aquel escapulario que, para ellos, no es solo Evangelio, sino también signo de amor y entrega fraternal.
Y, por fin, la Purísima. Toda garganta estaba consagrada a su patrona. A los primeros golpes de tambor, con marcha de reina coronada, la alcaldesa perpetua puso el broche de honor al evento. Ya por aquel entonces la Matallana había sido superada por el público y el ánimo de los asistentes había sido desbordado. El dorado fulgor del paso competía con la tiniebla del momento. Las flores huidizas ampliaban el majestuoso altar de su Señora, precedido por numerosas mantillas que aguardaban con expectación el retorno al templo.
La visión del día anterior en aquella explanada del Calvario, cuando el patrón y la patrona estuvieron juntos, frente a frente, hombro a hombro, ya supuso una instantánea inigualable. Por tanto, no podía ser menos la recogida. Pasada la medianoche del sábado, con una impresionante petalada y sentidos vítores, la Purísima entraba a su templo. Allí sonó «Campanilleros» y el himno nacional, flamante colofón que aúna la esencia y la tradición de un pueblo que vibra por su Semana Santa todos los días del año. Allí dormitará la realeza de María hasta dentro de unas pocas semanas, cuando nuevamente surja la Inmaculada y nos recuerde la sublimidad del hermoso dogma que defienden los vecinos de su villa.
Puente Genil hizo historia el fin de semana pasado. La memoria de sus hijos, así como la de otros tantos allí acogidos, recordará la Magna Mariana «Memorare Mediatrix Mater» con un cariño especial. Sin duda, la destreza de los organizadores y el entusiasmo de los participantes han contribuido a que se cumpliera el lema elegido para la ocasión y que nos servirá como membrete didascálico: a Cristo por María, por los que están, por lo que se fueron y por los que, en un futuro, tomarán a Nuestra Señora como camino seguro hacia la eternidad.














