Cruz de guía, Opinión

Cruz de Guía | El tiempo de la luz

Quedan lejos los sonidos de los villancicos y las zambombas. Ya se esconden los leds navideños y los adornos regresan al polvoriento baúl desde donde aquel puente de diciembre brotaron.

Comienza el tiempo de la luz. Aquel que renombra la espera para convertirse en una cifra singular para los cristianos. Aquel que busca sin descanso el comienzo de una nueva primavera. Aquel que vislumbra en el horizonte ese renacer a la vida como si de un pétalo de azahar se tratase.

De nuevo ponemos rumbo hacia la meta más importante para los católicos que no es sino la Resurrección de Nuestro Señor y la restauración del elemento vital a través del espíritu como consecuencia de una muerte desgarradora a la que el mismo Jesús quiso enfrentar en la agonía reflejada en esos siete días que conmemoramos cada estallido de la luna de nisán.

Un suspiro que evoca la felicidad emergida en una tradición de siglos capaz de enaltecer los más gozosos sentimientos en un corto espacio de tiempo. Siete días. Siete días que culminarán en el verdadero sentido de nuestro ser, la vida. Esa luz que Dios nos brindó en el comienzo de nuestros días y que queda revelada en la Resurrección del Señor como símbolo de la salvación y de renovación continua, dinámica y universal.

El tiempo que se nos abre a nuestros pies, precede a la búsqueda del sentido de la vida. La Encarnación del Señor no hace sino presagiar lo que está por venir, algo que será dado por medio de la revelación en sintonía con el amor de Dios. Es por ello, que aquella luz que emana en el pesebre será también la luz que flanqueará el sagrado pedernal del sepulcro en el día elegido por Dios para la consumación de la salvación. La oportunidad de vivir en Cristo una primavera más.