Jaén

Cuando el sol acarició tu rostro

El sol de las primeras tardes del otoño, intentaba fundir sus dorados rayos entre los vítores de la antigua universidad y a pesar de que no era lunes, los rumores de campanillas interrumpían el minutero del reloj de la torre de los aliatares, que en el centro de la vida neurálgica de la ciudad, marcaba el paso de los hermanos de “Las Escuelas” de camino a la Iglesia de San Juan Evangelista.

No era tarde de antifaz, ni de sotana negra, aunque en el pecho, cual apóstoles del amor de Dios colgaba la cruz y la cera color tiniebla, antecedía una mirada que se fundía ante un cielo que caprichosamente cambiaba sus tonalidades, dibujando estampas que difícilmente se podrán borrar de la retina de los que aguardaban al Señor desde las aceras.

No era lunes, pero aun así las campanas, porque ellas quisieron, repicaron tímidamente en requiebros de júbilo, pues había que cantar las misericordias del Señor y es que, aunque no era lunes, la rampa estaba dispuesta, los faroles prendidos y las papeletas de sitio volvían a marcar el orden en la nómina de la hermandad.

Ciertamente no era extraordinario lo que veían los baezanos y peregrinos llegados hasta el lugar, era un cúmulo de belleza, un éxtasi para los sentidos, en el que se conjugaba el rachear de los costaleros bajo las melodías de grandes marchas, que hacía volverse a los hermanos para no despertar del sueño.

Y porque aún era septiembre, del monte de nuestras miserias y pobrezas se levantaría victoriosa la cruz con la salvación y la verdad prendida, entre aromas de reyes y caobas y platas.

Ahora que ya todo pasó en la universidad de la pureza, dichosos estarán por lo que sus ojos han visto, por aquella tarde en el que el Señor de la Misericordia de la Madre de Dios, paseó por las calles de la siempre Baeza entre amarguras de Font de anta, el sonido de la parca de María de los Dolores o regresando entre los muros de las antiguas murallas con la madruga y sones del himno a la Virgen del Alcázar.

Mis manos de simple cofrade, se aturden ante el teclado redactando lo vivido, pues bellos testimonios surgen de los corazones que puedan contar mejor lo ocurrido, como el de las sonrisas inocentes de los roquetes del primer tramo, del clérigo que no podía dejar de volverse para mirarte cuando te ganaba un paso, del que vino de otras tierras, entendiendo que hacen falta guirnaldas cubriendo un cielo, ni bullas ante un paso, ni hashtag de seguimiento para hacer que lo extraordinario sea bello.

Ya marca el calendario el mes del Santo Rosario, descontando letanías, dibujando paisajes y trayendo las primeras lluvias a nuestras calles, mientras las hojas son mecidas por al aire. Quizás, a cada corazón las estaciones evoquen a una añoranza, yo ahora, tan solo quiere recordar ese momento, cuando el sol, Señor de la Misericordia de la Madre de Dios, acarició tu rostro.

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