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Sevilla

Cuando la Hiniesta pidió por Córdoba y Sevilla

Hace tan sólo unos días Pedro Vera Martin-Prieto difundía una interesante fotografía acompañada por un texto alusivo en el que se explicaba que se trataba de una instantánea fechada en San Julián el 15 de septiembre de 1885. La fotografía muestra a la primitiva Imagen de la Hiniesta Dolorosa (la atribuida a Montañés) saliendo en «Procesión de Rogativas» en un paso gótico, probablemente el del Triunfo de la Santa Cruz, para pedir que terminase pronto la epidemia de cólera morbo «que estaba afectando a diversas regiones españolas, con especial virulencia en Andalucía, sobre todo en las provincias de Córdoba y Sevilla». Una procesión que en el caso de Córdoba coincidió con otra que la Virgen de Linares celebraba por idéntico motivo y que se unen a cientos de procesiones motivadas por orígenes similares amparadas en esa religiosidad popular profundamente enraizada en la idiosincrasia andaluza.

A lo largo de los siglos, numerosas epidemias han asolado a la población española en general y a la andaluza en particular segando la vida de miles de ciudadanos. En el siglo XIX tristemente célebres fueron las epidemias de cólera que mermaron gravemente la población en buena parte del territorio nacional, derivadas de múltiples causas relacionadas con las deplorables condiciones de vida de la sociedad de entonces que se erigió en el caldo de cultivo perfecto para su propagación. 

En el verano de 2013, el Archivo Histórico Provincial de Sevilla publicó un magnífico documento que bajo el título «Morir en Sevilla en el año del Cólera», realizaba un somero análisis de las consecuencias de la epidemia en la ciudad de la Giralda. En el texto se precisaba que el año 1833 una terrible epidemia penetró en la Península Ibérica, propagándose de oeste a este y perdurando hasta finales del año 1834. La pandemia arrastraba consigo una enfermedad hasta ahora desconocida en España, el letal cólera morbo, mal que a la larga se revelaría como el padecimiento epidémico que caracterizó al siglo XIX. Todos los tratadistas del siglo sitúan el origen del cólera-morbo en el delta del río Ganges, en la India, por entonces colonia comercial de Gran Bretaña.

El también denominado morxi, término del que recibe el sobrenombre de morbo, habría comenzado su fatídico periplo en 1817 con la invasión del golfo de Bengala, desde ese punto y año se extendió progresivamente por el resto del planeta en poco menos de dos décadas. En su propagación el morbo se vio favorecido por el desarrollo de los nuevos medios de comunicación, por la extensión de los intercambios comerciales, por la ausencia de medidas profilácticas adecuadas y por la falta de terapias médicas exitosas. La pestilencia penetró en Europa a través de Rusia en el otoño de 1830, pasando a Polonia, Alemania, Hungria, Austria e Inglaterra en 1831, a París llegaba en 1832 y, finalmente, invadía Portugal y España a finales del verano de 1833. La infección tuvo dos vías de penetración, por el norte, desde Oporto contaminó a Vigo y, por el sur, desde el Algarbe infectó las ciudades de Huelva y Sevilla.

Las primeras noticias de la presencia de la enfermedad en Andalucía se remontan al 9 agosto de 1833 cuando la Junta de sanidad de Huelva declara el estado de contagio en esta ciudad. Al conocerse las novedades de la ciudad vecina, en Sevilla se tomaron medidas preservativas como la prohibición de funciones religiosas y cívicas, el cierre del teatro, la suspensión de corridas de toros y de procesiones. No obstante, estas medidas fueron ineficaces y no libraron a la capital del cólera. Según Porrúa y Velázquez, joven médico que asistió a los enfermos, la invasión en Sevilla se habría producido por el contacto con un buque inglés que vino a cargar lanas y que trajo algunos coléricos entre su tripulación. Los estibadores del puerto de Sevilla se habrían contagiado de éstos y habrían introducido la enfermedad en la ciudad, de ahí que el primer barrio afectado fuera el arrabal de Triana. Ante la aparición de varios casos de cólera, la Junta de sanidad sevillana declaró el contagio de Triana el 4 de septiembre de 1833, disponiendo la incomunicación de la capital con el resto de la provincia.

Con Triana ya infectada, la Junta de sanidad tomó una serie de medidas tendentes a evitar que la enfermedad se extendiera por el resto de la ciudad. El día 9 de septiembre se estableció un cordón sanitario cortando el puente de barcas y se hizo trasladar a la orilla de Sevilla los barcos que estaban atracados en la calle Betis. Se instaló un hospital provisional para coléricos en el Convento de San Jacinto, trasladando a la comunidad religiosa al Convento de San Pablo. El temor al cólera sacó lo mejor y lo peor de muchos sevillanos, así mientras algunos médicos de renombre se negaban a cruzar el puente para socorrer a los trianeros y eran impelidos a cumplir su misión a punta de bayoneta, otros ya jubilados o recién salidos de las aulas universitarias se presentaban como voluntarios. Análogo comportamiento tuvo el clero, si el arzobispo salía de la ciudad a las primeras de cambio, los monjes de los conventos del Santo Ángel y de San Pablo cruzaban el puente voluntariamente para asistir a los enfermos.

El intento de aislar a la enfermedad en Triana resultó del todo fallido y el número de enfermos y muertos creció de forma exponencial en casi todos los distritos de la ciudad, por lo que, finalmente, el día 27 de septiembre la Junta levantó la incomunicación con Triana. Para la asistencia de enfermos pobres del resto de la ciudad -los pudientes eran atendidos en sus casas particulares- se habilitó como hospital el Convento de la Trinidad, mudándose sus religiosos al de San Agustín. En octubre, como la virulencia del mal no se atenuaba y las medidas «científicas» se mostraban insuficientes, se acudió a la ayuda divina, arbitrio recurrente en todas las epidemias que había vivido la ciudad. El 4 de octubre salió en procesión rogativa la Virgen de los Reyes, patrona de la diócesis. A pesar del devoto remedio, el cólera continuó recrudeciéndose hasta mediados del mes de octubre, momento a partir del cual se inició una paulatina mejoría de la situación y el número de infectados y fallecidos fue disminuyendo paulatinamente. Finalmente, al constatarse la inexistencia de nuevos enfermos, el 9 de noviembre de 1833 se declaró el fin de la epidemia en la ciudad y se cantó un solemne Te Deum en la Catedral de Sevilla.

Atrás quedaron dos meses de terrible calamidad -de comienzos de septiembre a inicios de noviembre que produjeron una profunda mella en la población sevillana. En estos meses el comportamiento de la enfermedad no fue uniforme, produciéndose a mitad del período un pico alcista en la curva del número de infectados y de fallecidos. Si al iniciarse el proceso epidémico en Triana se contaron apenas tres casos de enfermos y finados, el 27 de septiembre sumaban en toda la ciudad un total de 7000 infectados y de 280 muertos. Esta fase cruel se mantuvo hasta el 8 de octubre, momento a partir del cual se inició un período más bondadoso que desde mediados de mes se transformó en relativa mejoría de la situación. En torno al 27 de octubre el cómputo de los fallecidos se había reducido hasta la cifra de 19 y, finalmente, el 9 de noviembre al restar sólo algunos convalecientes se declaró a Sevilla libre del cólera. Al concluir la epidemia, de los 96000 habitantes de la ciudad, habían padecido la enfermedad 24000 sevillanos, de los que habían fallecido 6262.

De momento el cólera abandonaba Sevilla y la epidemia de 1833 quedaba marcada en la memoria de los sevillanos como otro de los hitos luctuosos de su historia. Pero lamentablemente esta no fue la última aparición del cólera en la provincia, el mal volvió a segar la vida de cientos de sevillanos en las epidemias de 1854, de 1865 y de 1885. Todos estos episodios coléricos con sus nefastas consecuencias caracterizan al XIX como «el siglo del cólera».

En el Archivo Histórico Provincial de Sevilla se conservan numerosos documentos en los que quedó registrada la huella de la epidemia de cólera de 1833. De entre este conjunto disperso por distintos fondos, hemos rescatado documentos que evidencian cómo la enfermedad se propagaba a través de los medios de transporte, cómo el miedo se materializó en una avalancha de formalizaciones de testamentos, cómo exigió transformaciones en las costumbres funerarias, cómo afectó a las iniciativas de fomento de la economía, etc. En definitiva son una muestra de cómo afectó a todos los órdenes de la vida de la Sevilla del siglo XIX.

Curiosamente, es un decir, la imagen a la que en aquella ocasión se encomendaron los sevillanos no es la actual Virgen de la Hiniesta Dolorosa, como es de sobra conocido por el universo cofrade. La actual imagen devocional fue contratada el 14 de agoto de 1937 conjuntamente con el Cristo de la Buena Muerte para reemplazar a la Virgen de la Hiniesta Dolorosa tallada por Castillo Latrucci en 1933 «que se había perdido» en el incendio de la parroquia de San Marcos el 18 de julio de 1936. Como en esa primera versión, el modelo de referencia para Castillo fue la primitiva Hiniesta Dolorosa destruida en la quema de San Julián en 1932. De ella tomó la dulzura del llanto, la inclinación de la cabeza hacia el lado derecho y la mirada baja dirigida hacia la derecha.

La «que se había perdido en el incendio de la parroquia de San Marcos el 18 de julio de 1936», también obra de Castillo Lastrucci a su vez vino a sustituir a la original que también fue pasto de las llamas, de autor anónimo, datada entre los siglos XVI y XVII, de proverbial belleza, cuyo recuerdo permanece aún vivo en el imaginario colectivo de los cofrades sevillanos décadas después de su desaparición. Destruida en el incendio de la parroquia de San Julián el 8 de abril de 1932, sus restos calcinados fueron de nuevo pasto de las llamas el 18 de julio de 1936 en la quema de San Marcos, en cuya sacristía se custodiaban. Sólo se conserva un fragmento de la mejilla en un relicario que va a los pies de la actual Dolorosa en su paso el Domingo de Ramos. La autoría de esta imagen es desconocida, aunque de manera sistemática se viene atribuyendo a Juan Martínez Montañés sin fundamento alguno. Francisco Murillo Herrera, fundador del Laboratorio de Arte de la Universidad de Sevilla, la atribuyó en cierta ocasión, de manera oral, a Alonso Cano.

La única referencia documental conocida de una talla mariana para la hermandad es el contrato suscrito por Gaspar del Águila y Juan de Oviedo el Viejo el 5 de junio de 1583 para construir un retablo, en cuyo tabernáculo principal habría de ir una imagen de la Virgen de siete palmos (1,46 m.) «hecha de todo relieve». Celestino López Martínez planteó la posibilidad de que la Virgen de la Hiniesta atribuida tradicionalmente a Martínez Montañés fuese la realizada por Gaspar del Águila y Juan de Oviedo. José Hernández Díaz puso en duda tal identificación al advertir que la contratada en 1583 era de «todo relieve», es decir, tallada en totalidad, cuando la imagen de la que tratamos era de candelero para vestir. Esta imagen fue vestida por Juan Manuel Rodríguez Ojeda, quien ensayó en ella sus geniales y revolucionarias fórmulas para el atavío de las Dolorosas. La Hiniesta fue la primera Virgen en ser vestida de hebrea, costumbre hoy universalizada en época de cuaresma no sólo en Sevilla sino en numerosos lugares de España.

Esta fue la maravillosa imagen que salió a las calles para pedir por Sevilla, Córdoba y toda Andalucía, para que concluyese una terrible epidemia que acabó con la vida de miles de andaluces y españoles y a la que durante siglos rezaron generaciones enteras hasta que el odio irracional la arrancó de las entrañas de Sevilla aunque jamás pudo hacer desaparecer el recuerdo de una imagen inolvidable en torno a la cual perduran decenas de historias como esta.

 

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