No han sido pocas las ocasiones en las que Gente de Paz se ha propuesto retroceder en el tiempo para regresar a los distintos períodos históricos que, a lo largo del tiempo, ha ido viviendo la célebre y tradicional Hermandad de Nuestra Señora de las Angustias. Ya en anteriores publicaciones, se han tocado temas que han ido desde la vida el insigne e incomparable Juan de Mesa y el profundo análisis de su iconografía, pasando por la debatida postura del Cristo en relación con la Santísima Virgen hasta la confección y el estreno de su polémico manto morado en el año 1974.
Sin embargo, hay entre todos ellos un tema que nunca deja de suscitar la curiosidad de la Córdoba cofrade: el mítico palio ochavado que un día, ya lejano, cobijase al magnífico grupo escultórico que tantas veces ha sido considerado como la obra culmen de Juan de Mesa.
Corría el año 1937 cuando la desaparecida publicación anual Cofradías Cordobesas lanzaba su edición correspondiente, con unas páginas plagadas de propaganda del pequeño comercio cordobés y conmovedores y sentidos poemas dedicados a nuestras tradiciones e imágenes más queridas. Pero, entre todos ellos, destacaba una cuartilla destinada única y exclusivamente a la Cofradía de Nuestra Señora de las Angustias con una introducción que hacía referencia al año 1558 como el momento de fundación de la corporación de San Agustín, tratándose, por lo tanto de “la más antigua de cuantas existen en nuestra capital”.
Continuaba aquel número de 1937 recogiendo los momentos más significativos de la historia de la hermandad del Jueves Santo, recordando que “tras de constituirse debidamente en el Convento de San Agustín, tuvo que ser disuelta en los tiempos de la dominación francesa, en los que, como se sabe, fueron suprimidas todas las instituciones de carácter religioso. En aquel entonces, los franceses habilitaron el Convento de San Agustín a panadería y el templo a depósito de paja, por lo cual la soberbia imagen fué expuesta al culto en la parroquia de San Nicolás de la Villa”.
Tras el dicho traslado y su pertinente estancia en el céntrico templo de la ciudad, aquellos acontecimientos tan llamativos como a menudo desconocidos culminaron con una nueva normalización de las circunstancias y el ansiado regreso de las admiradas tallas del Cristo y la Virgen a su primitiva sede, donde tristemente las tropas francesas ya se habían apoderado previamente de todas las piezas patrimoniales que antes habían pertenecido a la hermandad.
Pero a pesar de las notorias vicisitudes, la cofradía supo reponerse, sobreviviendo a todas las dificultades saliendo adelante para erigirse una vez más como un modelo a imitar por el colectivo cofrade y como tal, continuó sin titubear con su extensa trayectoria sin desatender cualquier detalle que pudiese afectar a la vida de la hermandad. Así, la corporación – de la cual aquella publicación de Cofradías Cordobesas no podía dejar de mencionar el “mérito extraordinario” de las tallas de Juan de Mesa, especialmente el del Santísimo Cristo – se caracterizaba ya en aquel año de 1937 por haber estado siempre dispuesta a “introducir mejoras y destacarse por el orden de sus desfiles procesionales”, contando con unas fabulosas andas de plata “de grandes proporciones”.
Sin embargo, ese lejano 1937 traería consigo un estreno de lo más destacado y memorable: el estreno “de un hermoso palio bordado en oro y plata fina sobre malla de oro, maravillosa obra de arte y de riqueza”. Aquella recordada pieza que tanto nos gusta analizar en las fotografías antiguas que hemos logrado conservar hasta nuestros días nacía gracias al inestimable trabajo de un joven y solicitado artista cordobés, Manuel Mora Valle, y a la mano de obra, que estuvo representada por las reconocidas Madres Adoratrices de la ciudad.
Por supuesto, la iniciativa requería también unos varales cuyo diseño se debía igualmente a Manuel Mora, siendo ejecutados por el lucentino Pedro Angulo Solís, quien realizase un trabajo considerado “verdaderamente admirable”.
Por otra parte y de forma complementaria, el famoso palio contaría asimismo con labores de flequería y borlas realizadas primorosamente por “el maestro cordonero don José Rueda Muñoz”. Se trataba, sin duda, de una labor de gran dificultad enfocada a la elaboración de flecos y cordonería supletoria que precisó de más de 15.000 “formillas de madera revestidas a mano con hilos de oro y plata para lo cual se han invertido más de trescientas onzas de este rico material”.
Teniendo en cuenta la prometedora descripción del palio que por aquel entonces estrenaba la Hermandad de las Angustias, no es de extrañar que la cifra de esta popular pieza patrimonial sobrepasara en ese momento la cifra de 32.000 pesetas, debiendo dejar para años posteriores el bordado del techo de palio, pues no se preveía posible su estreno en ese mismo 1937.
Tan solo un año después, se tomaba la fotografía que ilustra este artículo, en la concreta fecha del 10 de abril de 1938, dando lugar a una escena que nos muestra al inigualable grupo escultórico de Juan de Mesa, expuesto en besamanos bajo su antiguo y afamado palio haciendo las veces de dosel.





