El capirote | Culpar al nazareno

Las declaraciones del actual alcalde de Sevilla en la revista Nazarenos afirmando que es partidario de limitar el número de nazarenos pone otra vez el foco en una figura esencial de la Semana Santa. Y sorprende ver cómo hay cofrades que están de acuerdo con unas afirmaciones que señalan al nazareno como centro de los males de la gran celebración de la ciudad.

Quien piense que un numerus clausus sería la solución no es consciente de que va en contra de la propia Semana Santa. Son tantos los problemas que últimamente acarrea la celebración que quieren hacernos creer que todo se resume en uno. Y solo basta un vistazo a las imágenes que vemos para darnos cuenta, sin demasiado esfuerzo, que hay antes otros asuntos que podrían contribuir a una mejora de la Semana Santa.

Habrá quien sea hermano de una corporación y no realice la estación de penitencia ya sea por distancia, por edad, salud… Y otros que deseen acompañar a sus sagrados titulares. Y precisamente vamos tras aquellos que quieren hacer protestación pública de fe. ¿No es un sinsentido? ¿En qué queremos convertir la Semana Santa?

No se trata de rivalizar con otros componentes, tales como músicos o costaleros, pero es inevitable recordar que el nazareno es fundamental en nuestra historia. Esta incluso nos ha enseñado que la limitación no es amiga de las tradiciones. La Esclavitud de Nuestra Señora, cuya titular era la Virgen de la Encarnación, hoy de la Sagrada Cena, o la hermandad de San Joaquín, extinta corporación radicada en Santa Ana, contaban con un número cerrado de hermanos. Y ya conocemos su final. Aquí no se trata de reducir la nómina de hermanos sino la de nazarenos, pero con este cambio nos estaríamos aproximando a crear una desafección del hermano con su cofradía, a la par que se contribuye a la deshumanización imperante que ya está campando a sus anchas gracias a las procesiones extraordinarias.  

Hay decenas de problemas. Y mucho más graves. ¿Por qué no contar con una mayor seguridad? ¿Cuándo se van a prohibir las dichosas sillitas? ¿Y qué hacemos con los comepipas que solo contribuyen a ensuciar la ciudad? ¿Dónde quedan aquellas fórmulas de cambios que tan efectivas fueron hace décadas? ¿No es la sola indicación de reducir los cortejos ir por el camino más corto?