Córdoba, 💚 El Rincón de la Memoria

Curiosidades de los palios cordobeses en las décadas de los 80 y 90

Aunque nadie se atrevería a dudar de que para una hermandad no hay pieza patrimonial que supere el valor que merecen los titulares de la misma, es también innegable que los restantes enseres poseen también un atractivo particular que condiciona considerablemente la percepción del espectador en lo relativo a la estética, lo cual le otorga la capacidad tanto de sumar como de restar o simplemente de provocar la sorpresa de la comunidad cofrade cuando esta tiene ante sí la oportunidad de comparar desde la perspectiva que siempre ofrece el paso del tiempo.

Esa misma idea es la que parece reflejar la fotografía con la que se inicia este artículo, en la que una ensombrecida y joven Virgen de la Encarnación era inmortalizada en su paso a las puertas de Jesús Divino Obrero en el año 1983. Por aquel entonces hacía tan solo dos años que la bella dolorosa de Álvarez Duarte había sido bendecida pasando a ser cotitular de la cofradía junto al Santísimo Cristo del Amor.

Aunque como resulta evidente, el entorno que rodea a la Santísima Virgen ha sido objeto de modificaciones y enriquecimientos posteriores, la instantánea nos conduce a recordar la primitiva orfebrería de metal plateado entre la que se incluían la peana y los varales realizados por los hijos de Juan Fernández en 1981, las jarras de Villarreal de 1980 y la candelería de alpaca plateada elaborada en ese mismo año en los Talleres Rufino. Los respiraderos de malla y el palio por su parte se fueron concluyendo entre los años 1984 y 1985, lo que nos lleva a lo más llamativo de la fotografía que hoy analizamos, pues ella nos muestra aún una bambalina sin ornamentación alguna ya que los bordados en aplicación de Joaquín Ojeda bajo diseño de Fray Ricardo de Córdoba – también autor de la pintura del techo en la que se representa el misterio de la Encarnación – no se incorporarían hasta finales de la década.

La corporación de Santiago por su lado, también ha contribuido a engrosar el álbum cofrade cordobés, repleto de curiosidades y en la que merece especial atención el segundo paso de la cofradía, puesto que a pesar de que hoy en día sería inconcebible ver al Santísimo Cristo de las Penas sin la compañía esencial de la Virgen y San Juan, el antiquísimo crucificado procesionó en absoluta soledad durante 16 años. No fue hasta 1973 cuando la conmovedora escena del Calvario comenzó a tomar forma con la llegada de la Virgen de los Desamparados de Antonio Eslava y se completó finalmente cuando, en 1978, el mismo imaginero realizaba la imagen de San Juan Evangelista para la clásica cofradía.

Sin embargo y aunque actualmente a más de uno le sea difícil de imaginar, lejos de haber permanecido siempre a los pies de la cruz, hubo un tiempo en que ambas obras de Antonio Eslava realizaron estación de penitencia en el lugar que posteriormente sería cedido a la Virgen de la Concepción. El estreno se produjo en el año 1979, muy poco después de la llegada de la imagen de San Juan aunque, más tarde la hermandad se vio afectada por el famoso incendio generado en su parroquia con el que se redujo a cenizas tanto el paso de Cristo como los respiraderos del nuevo paso de palio. Tras enormes esfuerzos, la hermandad pudo al fin realizar su estación de penitencia en la Semana Santa de 1980 aunque el Santísimo Cristo hubo de hacerlo sobre unas parihuelas – cedidas por la sevillana Hermandad del Santísimo Cristo de la Expiración y Nuestra Señora de las Aguas – y la Virgen con faldones de terciopelo negro a modo de bambalina que suplían la ausencia de los desaparecidos respiraderos.

Tras las vicisitudes acaecidas en aquellas fechas debidas al forzoso traslado que, en primer lugar condujo a la cofradía de Santiago hasta la vecina Parroquia de San Pedro y posteriormente hasta la Ermita del Socorro – debido a las reformas de la anterior – la Hermandad del Santísimo Cristo de las Penas pudo al fin estrenar el respiradero frontal del palio en la Semana Santa de 1985.

La estampa a la que daban lugar la Virgen de los Desamparados y San Juan Evangelista bajo palio, a la que ya había comenzado a habituarse el pueblo cordobés, se vio alterada en 1987 con la nueva incorporación de María Santísima de la Concepción, fruto de una donación por parte del hermano de la corporación Manuel Jiménez García. Así las cosas, las tallas que antaño realizase Antonio Eslava volverían a procesionar junto al inigualable crucificado de Santiago, volviendo con ello a sus orígenes no sin antes habernos dejado estampas como la que acompaña estas líneas, la cual fue tomada durante los años en que la Hermandad de las Penas permaneció fuera de su parroquia, trasladando anualmente a sus titulares a la casa del General Varela, ubicada en el Realejo y desde donde comenzarían su estación de penitencia.

Por otra parte, las singularidades que marcaron una época en lo que atañe a los palios hace obligada la referencia a una moda tan incuestionable como olvidada, no obstante perceptible como pocas, sobre todo en los vídeos que tanto ayudan a rememorar las décadas de los 80 y los 90. Durante este lapso de tiempo e independientemente de la impronta y la personalidad de la que hace gala tanto cada cofradía como el equipo conformado entre un capataz y su cuadrilla, lo cierto es que por aquellos tiempos se imponía una tendencia muy diferente a la que estamos acostumbrados actualmente.

Si bien a día de hoy y desde hace ya un tiempo el colectivo cofrade reconoce y alaba la difícil tarea que siempre supone portar un palio con una mecida apenas perceptible dados los factores que tanto influyen en el correcto movimiento de este – en los que se comprenden varales, bambalinas y borlas o flecos – y la consiguiente repercusión que del paso de los costaleros, las décadas previamente mencionadas no se caracterizaron tanto por esa sofisticación como por un movimiento considerablemente más vistoso y enérgico de la bambalina que, con el criterio actual bien podría calificarse incluso de violento como prueban las fotografías de la Reina de los Ángeles y Nuestra Señora del Buen Fin en sus primeras salidas procesionales en los años 1987 y 1989 respectivamente.

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