Desde que el célebre Vía Crucis Magno hiciese a la Córdoba cofrade soñar con la posibilidad de llevar la Carrera Oficial al inigualable marco al que dan forma la monumentalidad de la Catedral, sus estrechas y singulares callejas y la incuestionable belleza de sus vistas, el trayecto a recorrer entre el deseo y la realidad que muchos parecen ya tocar con la punta de los dedos no se ha caracterizado por ser precisamente un camino de rosas.
Teniendo en cuenta las fechas en las que nos encontramos y todo lo que ello conlleva, no es de extrañar que haya de quienes ya se haya apoderado esa sensación que parece vaticinar la Semana Santa, incrementada por los engañosos y pasajeros días en los que las temperaturas invernales comienzan a darnos algún que otro descanso y, en esta ocasión, por la novedad y el aliciente que sin duda ha supuesto el traslado de la Carrera Oficial.
Con ello, se creaba asimismo la ilusión de que, con la cada vez mayor proximidad de la Semana Mayor, todo lo relativo a las distintas polémicas que han marcado esta iniciativa a lo largo de numerosos meses, empezaba al fin a aplacarse para dejar lugar a lo que debiera ser la ultimación de unos detalles que pasaran más desapercibidos que otra cosa.
Sin embargo, lejos de ello – aunque muy al margen de todo lo concerniente al tema de la apertura de la segunda puerta y la actuación de Rafael de La-Hoz al respecto – el traslado de la Carrera Oficial ha resultado ser lo más parecido a una fuente inagotable de noticias y “peros” que surgen a cada paso que se da. Fiel a lo que ya es una tradición, estos días la atención de la comunidad cofrade ha vuelto a ser captada por el incremento de más de un 20% sobre el precio a pagar por los abonos de los palcos. La consiguiente sorpresa no ha sido otra cosa que la consecuencia de una mala planificación y las, al parecer, excesivamente optimistas previsiones que apuntaban a que la nueva dinámica conseguiría reunir la cifra de 400 palcos y 3500 sillas.
Evidentemente, este último no ha sido sino otro ejemplo que pasa a sumarse a los múltiples debates anteriores que acarrearon las pertinentes idas y venidas, plagadas de propuestas y posteriores alternativas que se presentaban con la intención de imponerse a las ideas expuestas previamente. Cabe por ese motivo suponer que, a pesar del incuestionable atractivo que se ha creado con la suma de la Semana Santa y el paso de las hermandades cordobesas por el templo catedralicio, la prisa no ha dejado de ser la peor de las consejeras. No obstante, serán esos anhelados siete días los que tengan la última palabra a la vista de los acontecimientos, siendo las propias jornadas las encargadas de desvelar finalmente si no hubiera sido mejor no dejarse llevar tanto por las ganas y la impaciencia.





