Extracto del Pregón de la Semana Santa de Sevilla
Joaquín Caro Romero. Año 2000.
El escritor y poeta Caro Romero desgrana sus emociones paulatinamente a lo largo de un texto que sobrecoge de la primera línea a la última. La parte que reproducimos a continuación es su homenaje a la Esperanza Macarena, la Virgen de su vida y devoción, a quien le ha dedicado miles de horas y sus mejores versos.
¡Cuánto cambia!
Alguien me preguntó una vez por la edad de la Macarena. Si la vemos asomada en el camarín parece que va a cumplir los diecinueve, pero si nos aproximamos a Ella en el besamanos entonces ronda los veinticinco.
Son como las transformaciones de su cara a lo largo de la estación de penitencia. Intensísima madrugada y transfigurado amanecer. De Resolana a Laraña hay muchos contrastes. Tantos como de Laraña a su Basílica. ¡Cuánto cambia!
Es una mutación real, no fantástica. Tiene lágrimas, ¿pero está llorando? No ha dormido y se le nota. ¿Pero duerme la Macarena? En la lividez de sus ojeras sube de tono el violeta, se acentúa el trazado de la comisura de sus labios, el entrecejo se frunce más y los surcos anatómicos se hacen más profundos.
Al avanzar la mañana el rostro va volviendo a su primitivo color, suave y dorado, transparente, y casi se esfuman las ojeras. Un inolvidable cofrade, Luis Ortiz Muñoz, a quien llegué a tratar casi al final de su vida, estimaba que el de Macarena puede ser un nombre en parte importado por Roma o tratarse quizá de «un nombre grecoibérico, con hermenéutica que entraña más poético artificio que exactitud lingüística y que quiere decir posesión de la felicidad».
Y si Macarena significa «posesión de la felicidad», está claro que sin Ella, sin la Macarena, no podemos ser felices. Y es que la felicidad no se alcanza sin virtud, porque la virtud es su fundamento. Y esto, antes que los Santos Padres de la Iglesia, lo dijeron Séneca, Cicerón, Plinio. Y es esa «posesión de la felicidad» lo que nos convierte en vasallos de su Reino y de su Corte de Esperanza.
Gracias, bendita Madre de la Esperanza, por habernos permitido llegar hasta este atril para cantarte. Gracias, Lucero vespertino, Estrella matutina, Rosa mística, Casa de Oro, Vida, Dulzura y Esperanza Nuestra, suprema expresión de la guapura más gallarda, perfecta y bienaventurada; Salve hecha carne, Letanía hecha repique, razón de nuestra fe y Causa de Nuestra Alegría, que con la fe y la esperanza reparte la caridad a manos llenas.
Hace más de cuatro siglos, cuando se aprobaron las primeras Reglas de la Hermandad, Tú no habías nacido, pero ya presentíamos tu existencia, soñábamos con tu hermosura, adivinándote y adorándote. No llegamos tarde ni temprano, sino a tiempo. De generación en generación, siempre una misma Esperanza y una misma fe de enamorado. De enamorado que hoy y aquí declara su amor de esta manera:
No sé con qué está más guapa la Esperanza Macarena, si con el manto granate, el de malla o el de hebrea, el negro o el de tisú, el blanco, el verde botella o el que en terciopelo verde bordara Esperanza Elena para aquel glorioso mayo de coronación y fiesta.
No sé con qué está más guapa la Esperanza Macarena, si con saya de volantes o saya azul de princesa, o saya de eucaristía, o saya como bandera hecha con tela de novia y taleguilla torera. Con medallas y rosarios el cristal y el mármol sueñan con latines en el coro, incensarios y navetas.
El alfiler y el espejo y el peine con que se peina se están preguntando siempre cómo está más guapa Ella: si en el camarín mirando al que la mira y le reza, o entre la jardinería de su paso en primavera, o bajando a recibirnos en el besamanos puesta.
No sé cómo está más guapa la Esperanza Macarena, si un sábado por la tarde o un domingo de cuaresma, si en la Madrugada grande por la calle Anchalaferia con fajín de general aunque no estuvo en la guerra, o cuando suena la Salve en la Basílica llena. Se va un siglo y viene otro, pero Ella siempre se queda.
Y nosotros preguntando con qué está más guapa Ella. Y nadie sabe decirlo, ni aproximarse siquiera al concepto, a la medida, al gusto y al teorema, que todo lo que se pone lleva su hermosura impresa.
Y vuelve loca a Sevilla y con Sevilla, al planeta, que la locura a su lado es locura sin fronteras y sabe que a la Esperanza no hay nadie que no la quiera. Se va un siglo y viene otro, pero Ella siempre se queda.
Y nosotros preguntando y soñando con la Reina Madre de los macarenos un sueño de madreperla, un sueño de guardabrisa, de entrevarales y cera; un sueño de amor y gloria, un sueño de cielo y tierra, un sueño de Madrugada cogido a la manigueta, un sueño de avemaría dentro de la parihuela.
Sé que si la sueño yo es porque todos la sueñan, como la soñó José camino de Talavera, como Muñoz y Pabón, como Rodríguez Ojeda o Inmaculada Rodríguez, que le puso en la cabeza todo el oro de los ángeles que Sor Ángela fundiera.
Se va un siglo y viene otro, pero Ella siempre se queda, que alumbró hace dos mil años al Señor de la Sentencia y parece que fue ayer el parto de la azucena.
Y ya en el año 2000, con dos mil locuras nuevas, que la lengua no se cansa de pregonar su belleza, sigo diciendo lo mismo, lo que otros antes dijeran y lo que dirán también los que mañana la vean: ¡No sé cómo está más guapa la Esperanza Macarena!





