Sevilla, ⭐ Portada

Diario de Cuaresma (XI): Nazarenos

Extracto del Pregón de la Semana Santa de Sevilla

Eduardo del Rey Tirado. Año 1999

El Pregonero habla desde el corazón en estas líneas, evocando la Pasión de Jesús Según Sevilla, describiendo perfectamente el evangelio de la ciudad.

La temática se centra en el nazareno, pero evoca los recuerdos y rituales que realizan cada año la inmensa mayoría de los cofrades antes de realizar Estación de Penitencia a la Catedral.

Fragmento natural, sin exceso de florituras, pero con hondas vivencias que retrotraen a cualquier día de Semana Santa, en un barrio cualquiera de Sevilla y en una casa familiar perfumada del espíritu cofrade en su mayor apogeo.

Por el camino más corto y sin mirar a los lados

Clarea ante nosotros la luz nueva de la hora que más ansiamos, la del horizonte de la túnica desperezada; las vísperas de la raya perfecta de los monaguillos repeinados.

Quizás haya llegado primero el capirote. Un cartón desnudo no es nada; si acaso, un anuncio o un recuerdo, el reclamo a la impaciencia, o la nostalgia de lo reciente, que casi tocamos aún y no queremos guardar en el altillo de nuestra memoria. Pero un capirote revestido de antifaz, incluso llevado bajo el brazo, es ya casi un nazareno en la calle.

«Por el camino más corto y sin mirar a los lados», el nazareno alto, delgado y negro va llegando también a su destino. Y porque es llegada la hora, con su túnica raída, se nos marcha el nazareno en su última estación. Aunque hoy, el pregonero confía en que, entre tanto capirote alborotado, le hayan dejado un sitio para que pudiera asomarse a esta mañana también tan suya.

Y a Jesús Nazareno pedimos ahora saber cumplir la otra Regla de mi cofradía: «hacer siempre lo que el nazareno que le precediera», para que así también quien viene tras de mí reciba el mismo ejemplo que yo recibí. Porque soy nazareno. No tengo honra mayor, ni la quiero.

Es el recuerdo de una casa de calle O’Donnell donde formaba el tramo largo de mi familia y en el que yo era el más pequeño de los mayores y el mayor de los pequeños, justo en esa edad en que sólo por un año escaso no podía salir.

Es el recuerdo de una entrada al alba azul y fresca. Y la vuelta a casa, varios pasos detrás de un nazareno alto, delgado y negro que andaba como andaba mi padre. Entonces yo ya era mayor; fue desde que me levantaron la primera vez de mi sueño de niño para ver entrar el Silencio.

Entonces aprendí primero, entre atónito y recién despierto, que el Silencio era un nazareno que no te mira, que no te habla, que no se inmuta; como ausente, como si realmente estuviera en otro lugar, en otro tiempo.

Y aprendí luego que el Silencio era descubrir cuál era tu padre por sus manos o sus pies, entre una fila larga, altísima y negra.

Y que durante el año, esas manos seguían siendo las de un nazareno, porque quien acompaña a Jesús Nazareno de Madrugada, es también nazareno en la vida de cada día. Porque ser nazareno no es un rato, ni un recorrido, ni siquiera una indumentaria, sino un estilo de vida y una espiritualidad especial.

Es formar parte de un cortejo de siglos, ocupando un puesto que ya alguien ocupó antes por ti, incluso de tu propia sangre. Otro vendrá más tarde, incluso de tu propia sangre, para ocuparlo cuando tú faltes.

Y aprendí que ser nazareno es mantener el estilo siempre firme y el carácter inmutable de los Primitivos Nazarenos de Sevilla.

No os preguntéis ahora por su origen o antigüedad. Es Sevilla la que inventa el Silencio con el silencio de sus plazuelas, sus patios de convento y sus calles apretadas y huecas; con el silencio de los ojos de sus alminares y el borde de sus atardecidas. Y con el silencio de Dios esperándonos desde antiguo, o el silencio de Dios recién nacido en Cristo.

Y el silencio de Dios que Sevilla va desgranando en su Semana Santa. Es la Ciudad, pues, su historia y su devoción las que se hacen Silencio, Cofradía y Madrugada.

El Silencio máximo de Dios es Dios mismo hecho silencio, la Palabra que habitó entre nosotros hecha Jesús Nazareno. Siempre de frente, seguro el paso, adelantado su pie y cargando el hombro para abrazar la Cruz.

Y así la lleva mirando con su mirada antigua, con su frente recia, su corona afilada y su mejilla partida, hasta que vuelve a arriar el paso. Y, enseguida, Villegas, Salvador, Cuna. Sólo el trémulo aleteo de las llamas en el farol, sólo la noche para la noche de la Palabra.

Alumbrados por el reverbero de los cirios, los ojos de la Sevilla que lo observa llevan rostros de Silencio porque saben ver, sentir y escuchar al Silencio. Miran de arriba a abajo al nazareno que se les detiene delante y se esfuerzan en asegurarse que dentro del ancho esparto hay realmente alguien.

Manos adolescentes unas, huesudas otras, manos encallecidas, finas, gruesas… Y dos ojos perdidos al frente, siempre al frente.

El golpe de las contera avisa de otra insignia. Orfila, Lasso de la Vega, Aponte. La luz agranda la plaza y el bullicio distrae las orillas, pero el río negro y prieto sigue inalterable su curso.

Y siempre, ligero, recto, fagot, oboe sobre las cornisas de la primera Madrugada. Y cuando entre, siempre de frente, lo hará como salió, mirando al lado, porque sólo Él puede hacerlo.

Porque sólo Él puede mirar donde nadie alcanza, buscando entre nosotros a cada uno de nosotros mismos. Porque Jesús Nazareno es el mismo ayer, hoy y siempre.

Éste es el Dios de nuestras familias y el Dios de nuestros hijos, a los que queremos educar en esta fe y en la forma de vivirla en nuestras cofradías. Y ahora, salgamos ya al cielo de Sevilla, porque ya mismo, sólo siete días y veremos cómo se van acercando los nazarenos ejemplares y valientes del mañana.

Éste es el retranqueo de nuestra impaciencia. Vayamos prestos obedeciendo al repeluco de la última víspera, y cree cada uno su propio final a este Pregón. Besemos los pies de Cristo que va a asomarse a Sevilla; postremos nuestras almas ante la Madre que nos aguarda antes de volver al cielo de su palio.

Mezclémonos entre los ángeles que sostienen la Sagrada Mortaja; encontrémonos con la última gota de la Buena Muerte de Cristo y recemos ante el llanto de geranios de la Virgen del Patrocinio.

Y digámosle a cada uno, como hacemos cada año con cualquiera de nuestros más queridos amigos: «Señor, Madre, buena estación». Porque es verdad, porque ya huele a Semana Santa.

Y pronto, muy pronto, los labios se harán música, jazmín, azúcar. Y luz y miel la boca al decir: «ya es Domingo de Ramos».

Vivamos esta gloria adelantada mientras nos llega la Gloria definitiva. Porque aquella Gloria será, seguramente, ver al Señor en besamanos diario en la plaza de San Lorenzo del Cielo; y verlo tan cerca y sin corona, y sin espina en la ceja, y desatado y sin llagas.

Y será la Gloria, seguramente, una eterna madrugada de azahar y plata. Y la Gloria será, seguramente, ver alzar el rostro al Señor de Pasión, respirar al Cachorro y resucitar la mano yerta del Cristo de la Caridad.

Y seguramente, será la Gloria un brillo nuevo en la mirada del Valle, el sosiego de la Amargura, la sonrisa del Dulce Nombre, y ver cómo dejó de llorar nuestro Cristo de la Ventana. Y será la Gloria, ciertamente, poder mirarla siempre, tal cual, ya sólo sonriendo. Señora, Virgen, Madre.

Y será la Gloria, ciertamente, toda una eternidad para verla, con corona o sin ella, con manto o sin manto, con tocado o sin él, pero muy cerca de Ella, Vida y Dulzura, Esperanza nuestra. Que será la Gloria, sencillamente, tenerla siempre delante.

Y ya, solamente, será la Gloria… Sólo mirar a la Macarena.

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